La juventud posee una gran virtud: la naturaleza irrebatible de su tierna lozanía. Pero es la única. La juventud es una máquina perfecta y engrasada que se empeña una y otra vez en cometer errores. Errores monumentales, patéticos, hermosos, reprensibles. Errores de una belleza despreciable. Una persona joven transita obstinada y permanentemente por el sendero más próximo al abismo, y experimenta al recorrerlo un apasionado júbilo, y ve en ello una travesura graciosa, una alegría contagiosa. La juventud se ríe furiosamente del consejo que la madurez le ofrece, pues lo encuentra aburrido, molesto, caduco, desfasado. Un joven, llevado de una desafiante soberbia, arroja a la más divertida hoguera de su ignorancia las prevenciones que las personas experimentadas le brindan constantemente, pues las encuentra fastidiosas, pues son para él un obstáculo tedioso, un freno a su libertad, una mala canción que arruina amargamente su fiesta.
La juventud, orgullosa de su estrepitosa torpeza, presumiendo abiertamente de su inconsciencia, tan temeraria, se abraza a las causas que más le complacen. Se vanagloria, por ejemplo, de justificar intelectualmente la matanza de unos seres humanos inocentes, y lo hace jaleando los argumentos que más afines entiende que le resultan, que más simpáticos le parecen, que más convenientes encuentra. Un joven únicamente necesita que otro joven, un compañero de aventuras nocturnas, un camarada ocioso, le diga qué es lo que tiene que creer, y lo creerá de inmediato, sin dudarlo, sin titubear, y hará suyas las razones prestadas, y enarbolará los argumentos recién adquiridos —que no se ha detenido a examinar, que no se ha molestado en contrastar porque no sabe cómo hacerlo— como si en ello le fuera la vida, como si esta causa, de repente sagrada, tuviera algo que ver con unos principios personales que todavía no ha tenido tiempo de descubrir. Y defenderá rabiosamente esas mismas motivaciones con mucha más tenacidad y convencimiento, con más visceralidad que el propio ignorante que, solo unos minutos antes, sembró en él la semilla del odio y de la exasperación.
La juventud sobreprotegida de Occidente nada conoce del complejo mundo real. Para estos jóvenes mimados, minuciosamente sobrealimentados, para estos alocados arrogantes, a los que excita sobremanera la violencia, una revuelta incendiaria en una lejana ciudad, unos disturbios sangrientos en un país exótico, un infeliz quemándose vivo frente a una embajada remota, un atentado perpetrado por terroristas fanáticos con decenas de muertos no es más que un espectáculo pasajero, una anécdota curiosa y viral que compartir en las redes sociales, una escena estimulante de una serie de Netflix. Para los jóvenes occidentales, por diversión, por huir del aburrimiento de una vida acomodada y soporífera, estos abominables y escalofriantes sucesos que desgarran el mundo civilizado son la excusa perfecta para hacer suyos unos ideales que en absoluto comprenden. Son una magnífica coartada para apresurarse a formar parte de una lucha que ni por asomo entienden, un pretexto para vociferar y esgrimir razones que ideológicamente les resultan hoy seductoras, mártires patéticos y apócrifos de la rabieta, con el puño ostensiblemente en alto y el emblema de moda tatuado en la frente.
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