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OPINIÓN

Manuel del Rosal: «Una generación única e irrepetible (Homenaje a sus hombres y mujeres)»

Manuel del Rosal 25 Jun 2024 - 10:05 CET
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Tengo 81 años, pertenezco a la generación que inició su andadura por la vida nada más terminar la estúpida guerra civil, es decir en los años 40. Una generación única e irrepetible.

Cuando niños teníamos por patrimonio el frío hasta calar los huesos y el hambre atormentando el estómago… y no nos quejábamos ni nada pedíamos; fuimos niños de la calle y éramos muy felices porque gozábamos de una libertad absoluta y, al andar por la vida desde edad temprana, aprendimos de la mejor universidad del mundo, la universidad de la vida. Un hombre de hoy de 30 años sabe menos de la vida que aquel niño de 12 años que, para ayudar a la mísera economía de su familia, arrastraba una carretilla repleta de ladrillos y sacos de yeso en la obra en la que trabajaba. Éramos los niños que aprendimos a respetar y aceptar la autoridad y la disciplina, los que depositábamos nuestros sueños en los vagones de los trenes que íbamos a ver pasar a la caída de la tarde por la estación de ferrocarril, para después ira nuestras casas  para cenar achicoria con leche en polvo y un pedazo de pan untado de margarina. Los niños que soñaban con ver el mar al que vimos cuando alcanzamos los treinta años… y no nos quejábamos ni nada pedíamos. Aprendimos en la universidad de la vida que los sueños se cumplen trabajando con responsabilidad, esforzándonos y teniendo determinación. Y crecimos hasta llegar a los años 50 que nos ofrecieron la oportunidad de estudiar formándonos y forjándonos. En los 60 nos fuimos abriendo paso sin el más mínimo desaliento a pesar de las tremendas dificultades y en nuestros corazones empezó a flamear la llama del amor. Y nos casamos por amor, un amor que, en mi caso, hoy cumple 54 años de matrimonio. Y empezamos a ir a ver el mar y a ver el mundo con los ojos de quienes lo más lejos que habían ido era a la capital de la provincia en la que vivíamos. Los 80 fueron los años de la estabilización de nuestras vidas y en el milenio comprobamos que nos habíamos hecho más sabios. Habíamos superado las enfermedades, las miserias, las carencias de nuestra niñez. Pudimos con los trabajos, duros trabajos de nuestra juventud, casi niños; dominamos nuestra falta de conocimientos por comenzar a estudiar cada uno lo que quiso sin dejar de trabajar. Nosotros trabajábamos durante el día y de noche estudiábamos en aquella maravillosa universidad nocturna que nos abrió las puertas del conocimiento.

Supimos levantarnos sobre las cenizas de un país desolado por una guerra fratricida, absurda, cruel y sangrienta fruto de la locura de los hombres. Supimos adaptarnos a lo largo de los años en uno de los periodos de la humanidad con más cambios en menos tiempo (en los 84 años comprendidos entre 1940 y este 2024 se han sucedido la mayor cantidad de cambios de todo tipo en el menor tiempo). Lo hicimos con decisión, coraje, determinación y fe, esa fe que te lleva hasta donde tú quieres; pero todo ello unido a una humildad sin la cual nada se puede conseguir. Y lo hicimos sin pedir nada y sin quejarnos de nada, para dejar un mundo mejor a nuestros hijos y nietos.

Mi generación, nuestra generación de los 40 es la generación que literalmente se ha sabido adaptar a los cambios como ninguna otra en la historia de la humanidad. Jugamos al fútbol con pelotas hechas con tela y cuero desechados, los niños juegan ahora con los pulgares presionando una pantalla. Paseamos en patines, triciclos, carritos fabricados por nosotros mismos para pasar a pilotar coches, primero de gasolina y diésel, luego híbridos y eléctricos. De las cartas escritas a mano a los correos electrónicos y el WhatsApp. Tuvimos que superar una niñez analógica para alcanzar una madurez digital. Dimos el salto de seguir los partidos por la radio a verlos en la televisión, primero en blanco y negro y luego a todo color. Del videoclub pasamos a Netflix y HBO. Conocimos las primeras computadoras, las tarjetas perforadas y ahora dominamos el Internet y llegaremos a entender la IA si Dios nos da más vida aún de la que hemos alcanzado. Para hablar por teléfono primero debíamos solicitar la “conferencia” a una operadora y ahora llevamos en nuestros bolsillos un móvil, un IPad cargados de gigas que también hemos aprendido a usar. Y todo esto sin hablar de los cambios sociales y económicos a los que nos hemos adaptado.

Si, resulta que hemos vivido ocho décadas diferentes, dos siglos diferentes, dos milenios diferentes. Hemos pasado por muchas cosas, por muchos retos, por muchas situaciones, pero ¡qué vida más rica, más poliédrica, más aventurera, más auténtica hemos vivido y vivimos! No exagero al decir que somos una generación única e irrepetible. Una de las generaciones más capacitadas para adaptarse a cambios insospechados y repentinos. Y eso lo ha conseguido esta generación desde el esfuerzo, el mérito, el  coraje, la decisión, la determinación; eso sí, siempre acompañadas de la humildad y la fe, dos palabras que hoy han dejado de aparecer en los diccionarios.

¡Qué diferencia entre nuestra generación y las dos que nos han seguido! Nosotros nada pedíamos ni de nada nos quejábamos y los derechos nos los ganábamos. Hoy nuestros hijos y nuestros nietos están imbuidos de derechos por el mero hecho de haber nacido. Hoy se quejan de todo y piden por nada.

MAROGA

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