“No hay cosa que haga más daño a una nación como el que la gente estúpida pase por inteligente” Francis Bacon
Cuando el día se levanta sobre la tierra, los hombres no tienen necesidad de saber qué, cerca de un molino holandés, un jardinero cuida sus tulipanes, que en una humilde vivienda una madre se desvive por sacar adelante a sus hijos entregándole todo su amor, que un médico lleva 24 horas trabajando para curar a sus pacientes. Los medios de comunicación dirigidos por los que, para dominar el mundo, nos amenazan dese su perversión y falta de inteligencia, esparcen por los cuatro puntos cardinales que por todas partes se viola, se asesina; que en el planeta entero los hombres quieren ser sangrientos o sangrar para así justificar su fracaso fruto e su falta de inteligencia y de su perversidad. Enfurecidos, estos amantes del falso progresismo exarceban el mal, difunden la gangrena, nos embrollan la conciencia.
La inteligencia es la capacidad de elegir entre varias posibilidades aquella opción más acertada para la resolución del problema. Si además esa opción viene acompañada de la sencillez y la simplicidad, miel sobre hojuelas.
La inteligencia permite a las personas resolver problemas, comprender conceptos complejos y adaptarse a situaciones nuevas. Un individuo es inteligente cuando es capaz de escoger la mejor opción entre las posibilidades que se presentan a su alcance para resolver un problema.
Se dice que la cantidad de inteligencia en el mundo es siempre la misma, cantidad que ha de repartirse entre los ciudadanos que lo habitan.
Si está teoría es cierta nos encontramos con que, mientras la cantidad de inteligencia a repartir es siempre la misma, no lo es el número de ciudadanos entre los que se reparte, de manera que la inteligencia individual va disminuyendo conforme el número de habitantes del globo va creciendo.
La historia nos dice que en el Renacimiento los hombres alcanzamos el mayor grado de inteligencia individual. Puede que la relación entre la inteligencia global del planeta y el número de seres humanos a quienes repartirla, fuera la relación perfecta. Hoy, en este glorioso siglo XXI, siglo que se caracteriza por el más alto grado de estupidez alcanzado por los hombres, ahogados como estamos bajo toneladas de nuevas tecnologías que han reducido nustra función cerebral a un puro acto mecánico de repetición, nuestra inteligencia es infinitamente más reducida que la del hombre del renacimiento, y si me apuran, de la tan injustamente denostada Edad Media. Y así el mundo va mal e irá a peor, porque la estulticia de los ciudadanos ha puesto al mando de la nave Tierra a los necios, a los estúpidos, a los que, revestidos con la púrpura del cargo, tan solo son odres de codicia y ambición bárbaras que los ciudadanos hemos elevado a la categoría de inteligentes desde nuestra atalaya de necedad, desde nuestra ignorancia, desde nuestra estupidez.
El daño que desde los inicios del siglo XX estamos causando al mundo y, por ende, a nosotros mismos con nuestras decisiones a la hora de elegir a quiénes nos gobiernan, poniendo al timón del barco a hombres y mujeres haciéndoles pasar por inteligentes con nuestros votos nacidos de la falta de inteligencia, va camino de ser irreparable.
Difícilmente podemos encontrar entre los dirigentes del mundo gente con menos ideas, menos decisión, menos empatía, menos inteligencia – sobre todo menos inteligencia emocional – Es por eso que, no solo no se han evitado las crisis, ni las guerras; sino que han aumentado al igual que la pobreza.
Existe una teoría que afirma que el Universo es plano. Puede que esté equivocada; sin embargo podríamos plantearnos la teoría de que los cerebros de quienes dominan el mundo y los cerebros de quienes los elegimos, presenten desde hace muchos años un EEG plano.
MAROGA
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