En mis años en Estados Unidos, 1967-1974, seguí muy de cerca la guerra de Vietnam, hubo tremendas manifestaciones en Washington D C y pasaban por delante de mi casa corriendo como manada de cebras desbocadas, hacia la Casa Blanca. Aquello ciertamente daba miedo, el pueblo americano ya no quería perder más vidas en Vietnam y pedía que EE UU saliera de esa guerra, que dio para varias películas.
Deseo referirme a un gran vietnamita, ya declarado beato y va camino de su canonización. Es quién llegara a ser el Cardenal François Xavier Van Thuan. Estuvo encarcelado la friolera de 13 años, 9 seguidos en régimen de aislamiento, con lo que eso conlleva… Él supo aprovecharlos para escribir a sus fieles, fueron varios libros, sus títulos tienen que ver con la esperanza y el contenido aún más. Los recomiendo vivamente. Logró dejar un valioso testimonio escrito. No hace falta decir que los responsables de su encarcelamiento fueron los del régimen comunista en Vietnam, movidos por “el Padre de la Mentira”.
Finalmente le otorgaron arresto domiciliario, en Hanói, retirado de su diócesis episcopal y de sus fieles. Pidió un permiso para ir a Roma, se lo otorgaron pero le impidieron su vuelta a Saigón, y a ningún otro sitio de Vietnam. ¡Había que retirarlo del pueblo fiel y de toda ayuda ministerial que pudiera prestar! ¡Qué mejor que el exilio…!
En Roma, el Papa, ya san Juan Pablo II, lo nombró Presidente del Consejo de Justicia y Paz, en 1994, y dimitió como obispo de Hanói. En 2001 lo creó Cardenal, de Santa María de la Scala. Falleció en 2002 víctima de cáncer. Fue enterrado en Roma, sus restos ya reposan en Santa María de la Scala. Su fama de santidad era manifiesta así cómo su fidelidad al Evangelio.
Qué miedo siguen teniendo algunos, a los sucesores de los Apóstoles fieles a su misión. Qué persecuciones más cruentas, no solo en Vietnam, o Nicaragua, con regímenes totalitarios comunistas, donde la libertad brilla por su ausencia, se confiscan los bienes eclesiásticos, se impide y persigue el culto, y se deportan a los sagrados ministros impidiéndoles volver a su propio país.
Si esto es bien notorio, y, más doloroso, no deja de llamar la atención la persecución y calumnias que han de padecer ministros fieles a la doctrina, incluso cardenales. Algunos con insidias tan viles que implican a autoridades eclesiásticas y que falsamente nos tratan hacer creer que el mismísimo Santo Padre es parte de esas arbitrarias condenas.
No hay que escarbar mucho para descubrir que son los mismos perros con distintos collares, sea en países africanos o en otros que podríamos llamar hermanos. ¡Cuántos mártires! ¡Cuánta sangre derramada! ¡Cuánta honra mancillada a ojos de los más ignorantes! Sí, ciertamente es diabólico. Lo que ignoran es que Dios no pierde batallas, y eso ocurre a quienes están con Él.
Pero lo más duro e indignante es en pleno S XXI, tener que vivir sin el amparo de las leyes, por culpa de “esos mismísimos perros con distintos collares”. ¡Cuánto sufrimiento, además del suyo, para los familiares y personas de bien!
Y lo que es bien grave, se corre el peligro de poner en duda el sistema judicial eclesiástico, incluso implicando al mismísimo Papa. De ahí la necesidad de asegurar juicios justos sin dar lugar a la calumnia y a la venganza, que como ya se sabe, “es un plato que se sirve frío”.
¡Con la paz de corazón que se siente cuando se ama de verdad, sin cabida para el odio o la envidia, y mucho menos para la calumnia!
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