Ione Belarra, para justificar lo injustificable ha dicho “Callamos a lo que sabíamos de Monedero por respeto a las víctimas y para garantizar su anonimato y privacidad” Ione Belarra es la misma que dice a voz en grito: ¡denuncia! … menos cuando uno de nosotros sea el autor y otra de nosotros sea la víctima.
La excusa de Ione está revestida de una hipocresía monumental y de un miedo brutal a perder las sinecuras y privilegios de su cargo. Las mujeres víctimas de la impotencia sexual de sus amados jefes, le importan una mierda, a ella y a todos sus conmilitones.
La política, al menos en España, ha devenido en un muestrario de desviaciones sexuales por parte de quienes gobiernan, y en una muestra de estupidez, cobardía y mamoneo de quienes los votan en la creencia de que les van a resolver todos sus problemas,
La política lleva implícita la mentira. Podríamos decir que la política es en sí misma el paradigma de la mentira revestida con el ropaje de la hipocresía, ropaje con el que se disfraza como si de un perenne carnaval se tratara, para hacer creer a los necios e ingenuos que dice la verdad.
Las cintas de video han sido utilizadas desde siempre por los políticos, bien para mostrar las bondades de sus programas, bien para mostrar las maldades del programa del partido contrario. El sexo no, el sexo hasta ahora, la verdad sea dicha, al contrario que en los países anglosajones donde el sexo ha hecho caer gobiernos como castillos de naipes, en España permanecía oculto entre el enjambre de mentiras y entre las variadas cintas de video, pero hete aquí y desde que Sánchez nos ¿gobierna? El sexo ha salido de su madriguera y no hay semana en la que algún miembro del gobierno central o de los gobiernos de las comunidades, salga en los papeles pringado hasta el colodrillo de los fluidos corporales que produce el sexo. Sin embargo, debemos decir que en España el sexo que practican nuestros políticos no es el sexo que practican políticos de otros países. Mientras el sexo que pringa a los políticos de otros países es, en la mayoría de los casos, sexo de lujo; aquí en España es un sexo hortera, barriobajero, de despachos oficiales oscuros y de aulas universitarias sin calefacción. Aquí en España, el sexo político es de puticlub, de burdel, de encuentros furtivos en pisitos de 40 m2, de compañeros y compañeras de partido, de polvos urgentes, de sobeos y magreos y de masturbaciones frente a la pobre víctima. A lo más lujoso que llega el sexo político en España es a un piso franco en La Castellana acondicionado para los escarceos lujuriosos de un ministro -cualquier ministro -.
El sexo político en España – y no se la causa – es curioso; tiene una tendencia casi natural en identificarse con las sacrosantas izquierdas, esas que se atribuyen un plus moral sobre la derecha. Las izquierdas, en esto del sexo, no respeta ni a los compañeros y compañeras de partido a las que convierten en el objetivo de sus frustraciones amorosas, para satisfacer sus apreturas en las ingles con continuos roces, magreos, tocamientos y exhibicionismo del peor gusto, pero por lo visto la izquierda es así en los temas cercanos a la pelvis.
Decía Churchill que la política hace extraños compañeros de cama; lo que no sabía Churchill era que, con el paso de los años y los avances progresistas de estas izquierdas libidinosas, los compañeros no serían de cama, sino de aula de universidad, despacho oficial, pisitos obreros y – máxima sofisticación – pisos en la Castellana con vistas al Bernabeu.
MAROGA
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