La encerrona a Zelenski en la Casa Blanca muestra que las relaciones internacionales no deben ser conducidas exclusivamente por los políticos ni por los expertos, tal como ocurrió después de la primera guerra mundial.
En «El declive de la diplomacia y el mito de la Propaganda», Albert Musset escribe en 1926, «la diplomacia es, con la iglesia, una de las raras instituciones que escapan a las leyes de la evolución, y aplica las disciplinas inmutables del espíritu y las facultades de abstracción a la observación del mundo que se transforma. Por eso la diplomacia, como el protocolo, tienen una falsa apariencia anticuada».
Pero aunque parezca a veces excesivo, el protocolo, -el español, con el ruso, herencia de los zares, resulta ser uno de los más rigurosos y complejos del mundo,- existe porque la forma representa, en el fondo, el respeto a la dignidad e independencia de las naciones pequeñas o débiles y no discrimina ni a victoriosos ni a vencidos al imponer a las naciones, incluso enemigas, atenciones recíprocas sin tener en cuenta sus fuerzas respectivas.
La diplomacia ha evolucionado mucho desde que Ottaviano Maggi escribiera en su «De legato», 1596, sobre los cualidades y conocimientos que debían poseer los embajadores que enviaban los estados italianos a otros países y han ido variando al compás de la historia y las relaciones internacionales, paz de Westfalia 1648, Federico el grande, Napoleón, Revolución francesa, Restauración, Metternich, y el gran Talleyrand de Chardin en el Congreso de Viena. Con la primera y la segunda guerra mundiales, ya en el siglo XX, continuaron los cambios y se creó la la Sociedad de Naciones que no sirvió para hacer frente a la crisis económica y parlamentaria de 1929 ni al ascenso de las doctrinas fascistas y regímenes totalitarios porque carecía de medios para resistir, para combatir el totalitarismo. Y las Naciones Unidas, -como desgraciadamente seguimos comprobando,- tampoco resulta útil en muchas otros casos.
Albert Musset, lo había anticipado: «la intervención de cualquier legislador en cuestiones de la diplomacia y la propaganda, salvo raras excepciones, es el preludio de la confusión y de la incoherencia». Por eso él era partidario el sigilo «al menos en las negociaciones preparatorias de los acuerdos» «atacando la irresponsabilidad, cuando no la corrupción de la prensa, los riesgos de una propaganda falaz y fácil de imponer a la credulidad de las masas». La discreción, el protocolo y la diplomacia es lo que ha brillado por su ausencia en el despacho oval, porque su repercusión internacional se haya buscado de propósito.
El acorralamiento de Zelenski, un dirigente debilitado por la guerra, al objeto de reclamar una deuda y «hacer rápido cosas que llevan su tiempo», ha puesto en evidencia que no es lo mismo resolver controversias internacionales que ultimar operaciones inmobiliarias, utilizando deliberadamente el despacho oval como un plató de televisión para lanzar un ultimatum en un talk show.
Cuando se valoraba la sutileza y la discreción, la gente de la carrera no tenía mundo solamente por su rango o sus relaciones, sino también por su arte de discernir lo que convenía callar. No hay ningún hombre de mundo sin este arte, porque el buen diplomático es aquel que escucha con interés las proposiciones indiferentes y con indiferencia las proposiciones que le interesan.
Hoy sin embargo los diplomáticos resultan intercambiables y ha dejado de ser una tarea individual estrechamente ligada a la personalidad de quien ejerce para convertirse en una labor más oscura, burocrática, del salón a la oficina, signo de los tiempos, cuando no se trata, como vemos a menudo, del patético servilismo a un tirano.
En su afán de parar el declive del imperio americano el presidente Trump, con una serie de señuelos y maniobras de ajedrez como contentar y quitarse de en medio a Putin ultimando la guerra, o aliviar su presupuesto haciendo que Europa se ocupe de su propia defensa, están destinadas todas a afrontar su verdadero objetivo: resistir el desafío económico de China, su rival y para ello el control de las rutas comerciales, Groenlandia, ártico, Panamá etc..
Trump, el mismo que ha iniciado meritorios combates, entre ellos contra el wokismo, ha recibido a Zelenski afeándole su indumentaria porque era esencial para su puesta en escena de conseguidor del fin de la guerra, como lo era para Zelenski lo contrario. Aquí la forma era casi el fondo. Pero una vez dentro, de común acuerdo, Trump y Vance han hecho volar los puentes, aun sabiendo que los tienen que reconstruir de algún modo, con resultado incierto.
Aunque sea cierto que los ucranianos deban buena parte de su valiente resistencia a los equipos americanos; aunque resulte desesperante la pasividad europea y Trump haya pedido al premier británico que organice a unos gobernantes débiles, algunos de los cuales perderían el poder si hicieran ese esfuerzo militar presupuestario; aunque no se sepa cuanto podrán resistir los ucranianos sin los fondos americanos para llegar a una paz justa y honrosa; aunque Zelenski se disponga a volver tan pronto como sea posible, cediendo y agachando la cabeza porque no tiene más remedio, su imagen ha salido reforzada del despacho oval.
La encerrona de Washington ha vuelto a poner de manifiesto que «la diplomacia es lo mejor que la civilización ha imaginado para impedir que la fuerza sola presida las relaciones internacionales encomiándose las esfuerzos de quienes trabajan discretamente a veces en contra de su popularidad por el mantenimiento de la paz entre las naciones».
Así que, aunque los burócratas europeos y sus mentores anuncien el rearme mutualizando la deuda y los fondos sin controles posteriores, como acostumbran; aunque sigan sin ser capaces de nombrar un Presidente que representa a Europa ante el mundo; aunque durante largo tiempo no hayan tenido iniciativa ni influencia suficiente para poner fin a los conflictos, la encerrona del despacho oval ha puesto de manifiesto que el fin de las guerras no es una operación inmobiliaria.
De la misma forma que Metternich se dió cuenta de que la revolución no había sido definitivamente vencida y que era preciso un sistema de pesos y contra pesos para desembocar en un balance de poderes, la tarea precisa con Ucrania, tal como expresaba el ideal de la diplomacia clásica, es proteger a los estados europeos de las apetencias imperialistas de cualquier gran potencia.
Es el lado positivo de lo que está pasando. Europa ha precisado grandes crisis para decidirse a crecer. Militar y políticamente. O crece o muere. Es lo que le está pasando a Europa, pero también a EEUU y a Rusia, como le sucedió a la URSS. La cuestión es que ese equilibrio lo lleven a cabo representantes legítimos, ayudados de la diplomacia y los hombres adecuados. Y eso siempre es complicado.
Víctor Entrialgo de Castro
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