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OPINIÓN

Pedro Manuel Hernández López: «Tolerancia selectiva» : Cómo Europa predica derechos humanos, mientras mira hacia otro lado”

Pedro Manuel Hernández López 23 May 2025 - 14:54 CET
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Europa hoy ya no mata judíos como lo hizo la Alemania nazi de Hitler, simplemente le basta con mirar hacia otro lado cuando lo hacen otros. El reciente asesinato –de una pareja de funcionarios israelíes frente al «Museo Judío» de Washington– aunque fuera del territorio europeo, es un eco doloroso que resuena con fuerza en el continente que se jacta de haber aprendido de Auschwitz, pero que sigue sembrando las condiciones para que florezca un nuevo antisemitismo. Lo ocurrido en Estados Unidos no es ajeno a Europa; es la consecuencia de décadas de un relativismo moral, de una criminalización selectiva y de una ideologia antisemita institucionalizado —y camuflado bajo una pseudo máscara de progresismo humanitario— que lleva el sello distintivo de «made in Bruselas».

Pero si hay algún caso especialmente escandaloso en esta vergonzosa narrativa europea, ese es el del Gobierno de España. Un ejecutivo que, mientras presume de defender los derechos humanos, guarda en su discurso y en su política exterior una animadversión sistemática hacia el Estado de Israel. El antisemitismo de baja intensidad —en forma de boicots, dobles raseros y alianzas con los enemigos declarados de Israel— es una marca indeleble de su política internacional. No se trata solo de antisemitismo social: hablamos de un virulento antisemitismo desde el poder.

La alianza descarada del Gobierno español con fuerzas y gobiernos que abiertamente llaman a la destrucción de Israel, su supuesta financiación a ONG’s que justifican o blanquean el terrorismo palestino, y su reciente reconocimiento unilateral de un “Estado palestino” que ni siquiera reconoce el derecho de Israel a existir, son pruebas irrefutables de que la política exterior española ha dejado de ser neutral y se ha convertido activamente en hostil.

Resulta particularmente nauseabundo escuchar a ministros españoles hablar de “genocidio” israelí, cuando Israel —la única democracia de la región— lucha contra grupos terroristas que esconden arsenales bajo hospitales y escuelas. Esta banalización del término “genocidio” no solo es una ofensa a la verdad y a la historia, sino una excusa para justificar la violencia contra los judíos dentro y fuera de Israel. Y cuando un gobierno europeo contribuye a esa narrativa, se convierte en un cómplice del actual antisemitismo.

España no puede seguir escudándose en su pasado histórico ni hacer lo del avestruz para eludir sus responsabilidades actuales. No basta con concederles la nacionalidad a todos los descendientes de sefardíes mientras demoniza al moderno Estado judío. No basta con inaugurar centros y museos sobre el pasado holocausto y la memoria judía si, al mismo tiempo, se señalan a los israelíes como criminales por defenderse de los terroristas de Hamás. Eso no es ni reparación histórica ni nada que se le parezca, eso es pura y dura hipocresía institucional.

El antisemitismo moderno ya no se manifiesta con violentos «pogromos» ni con «camisas pardas». Ahora se expresa con ineficaces  resoluciones parlamentarias, declaraciones diplomáticas e interesados pactos con enemigos del pueblo judío. Y en eso, el Gobierno de España ha cruzado todas las líneas rojas. Su política no solo es inmoral: es peligrosa. Porque legitima el odio, porque desinforma a la opinión pública, y porque abandona a la comunidad judía española —y a Israel— a merced del fanatismo ideológico del Islam y de sus
descontrolados grupos.

Los ataques antisemitas, donde sea que ocurran, no son meros accidentes. Son el reflejo de un clima moral podrido, donde democracias que deberían ser bastiones de libertad y defensa de los derechos fundamentales se han convertido en altavoces étnicos de odio envuelto en exquisita diplomacia. Hoy ha sido en Washington. Tal vez mañana… será en Madrid o quién sabe dónde. Porque mientras el antisemitismo siga siendo tolerado —o mucho peor, promovido— desde los despachos oficiales, ningún judío estará realmente seguro.

Europa tiene una elección que hacer. Y España, aunque también, puede seguir por la senda de la cobardía moral y el populismo ideológico, o bien puede enfrentarse al antisemitismo moderno con la misma firmeza con la que dice condenar al del pasado. Pero que no pretenda llamarse defensora de los derechos humanos mientras carga contra el único Estado judío del mundo con más odio que contra cualquier dictadura islámica. La historia –con mayúsculas– ya ha juzgado antes este tipo de miserias morales y ha emitido su irrevocable veredicto. Y éste, no suele ser indulgente, sino muy inmisericorde.

Pedro Manuel Hernández López, médico jubilado,Lcdo en Periodismo y ex senador autonómico del PP por Murcia.
 

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