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OPINIÓN

Pedro Manuel Hernández López: «La última, cínica e indecorosa «afrenta» de Sánchez»

Pedro Manuel Hernández López 27 Jun 2025 - 18:29 CET
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Pedro Sánchez ha vuelto a hacerlo. Cuando uno piensa que ya no puede sorprendernos más con su irónico cinismo y su desvergüenza política, saca una medalla del cajón, la sopla con suficiencia, y se la cuelga a José Luis Rodríguez Zapatero en plena escalinata del adebacle institucional. El benevolente y magnánimo presidente del «progresismo radical» ha decidido otorgar, –nada más y nada menos que el mismo día de la festividad de San Juan Bautista– la «Gran Cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort» a ZP, el expresidente vengativo y felón que convirtió el desgobierno en arte, la frivolidad en doctrina y la irresponsabilidad en marca de la casa.

¿Que Zapatero podría ser el número uno de una trama corrupta, según algunos rumores que circulan con fuerza…? ¿Que se le empieza a señalar como la piedra angular del bochornoso tinglado político-empresarial que hoy enreda a ministros, asesores, comisionistas, scorts-girls de lujo y allegados varios, en un corrupto lodazal de comisiones, maletines y amiguismos…? ¡Da igual! ¡No importa…y si importa, pues, nada, se le saluda y, aquí, no pasa nada!

Sánchez –siempre fiel a su estilo del «Capitán Araña», que embarca a todos, mientras él se queda en tierra– responde con esa chulería, propia de un megalómano y narcisista y le premia a él junto con el difunto Zerolo, no con cualquier nimiedad. No. Les impone la «Gran Cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort», una distinción concebida para reconocer justificados y reconocidos méritos en el ámbito del Derecho y de la Administración Pública. Una distinción con historia, con sentido etico y con hondura moral… hasta que cayó en manos del “manoseador en jefe” de esa democracia a la que él llama «progresista» y «española».

La simbología no es «pecata minuta». San Raimundo de Peñafort — el dominico, canonista brillante y figura insigne del Derecho Eclesiástico, se revuelve hoy en su tumba, al ver su nombre manchado por una noble y elata condecoración otorgada al gran azote del orden, de la meritocracia, de la Iglesia Católica y de la tradición jurídica. Zapatero —el de la «Alianza de Civilizaciones», el que convirtió la negociación con ETA en un acto de fe ciega mediante su vengativa «Ley de Memoria histórica» y el que arruinó la economía mientras negaba la crisis con sonrisa «zen»— es ahora homenajeado y casi elevado a los altares del progresismo por su magnífica y desinteresada «contribución a la Administración Pública». ¿En serio…? ¿ De qué vamos señores del Gobierno…? ¿De verdad siguen creyéndonos ‘tontos del haba»…?

Lo que ha hecho Sánchez no es solo una provocación, es una venganza más de las suyas , al estilo del tiranuelo Nicolás Maduro. Un gesto desafiante para toda la sociedad española. Un mensaje cifrado a la oposición, a la prensa crítica, y a quienes susurran (cada vez más alto) que Zapatero es el titiritero oficial del sanchismo, su asesor en la sombra y el cerebro del poder a cualquier precio. ¿Lo señalan como «el padrino» de la corrupción…? Él lo convierte en héroe. ¿Lo vinculan con tramas oscuras…? Él lo cubre de condecoraciones. Esto no es solo premiar a un mentor: es lanzar un órdago a toda la democracia y a nuestra monarquía parlamentaria.

Pero más allá del desafío político, hay otro nivel aún más grotesco: el de la contradicción ideológica. Sánchez condecora a Zapatero usando una distinción nacida en el seno de la Iglesia Católica, cuando ambos se han hartado de demonizarla hasta la saciedad. La «Gran Cruz» de un santo dominico para el presidente que abrió la guerra cultural contra la Iglesia, que impulsó leyes polémicas con abierta hostilidad hacia el pensamiento católico, y que cada vez que puede arremete contra obispos, concordatos y sotanas. Es el colmo de la incoherencia. O mejor dicho, es coherente con esa constante hipocresía de la izquierda sanchista que, mientras predica progresismo, reparte medallas con símbolos que detestan.

El Zapatero que ahora recibe la medalla no es el presidente «cejudo» del «talante», sino el del desmantelamiento institucional, el que dejó una justicia colonizada, una economía destrozada y un país enfrentado. El mismo que reapareció en la escena pública para blanquear dictaduras como la de Maduro y para ejercer de telonero internacional de regímenes que encarcelan y torturan. Ese es el hombre al que Sánchez ha decidido ensalzar ante todos y condecorar.

Porque condecorar a Zapatero no es solo premiar al funesto pasado, es asegurar el incierto presente. Es un pacto sellado con oropel y cruz dorada. Una forma de decir: “Él empezó el camino, yo lo continúo y juntos lo acabaremos… aunque tengamos que quemar todas las naves». La Orden de San Raimundo, por tanto, no reconoce aquí mérito jurídico alguno, sino la fidelidad al «clan del Peugeot» y a la lealtad a su plan.

Sánchez se está, literalmente, muriendo pero condecorando. Sabe que el suelo bajo sus pies cruje. Que la corrupción llama a la puerta con rostros familiares y muy conocidos. Que su mayoría se tambalea y que la calle ya no traga ni aguanta más. Pero no se va sin salpicar. Premia al mentor para blindarse, con una sonrisa de quien reparte medallas como quien lanza migas a las palomas… sabiendo que vendrán a picotearlas más pronto que tarde.

Y cuando esa medalla –como tantas otras decisiones cínicas e indecentes– le estalle en las manos, no podrá decir que no fue advertido. La historia no condecora a los cínicos y megalómanos, los juzga. Y lo hace con dureza. La misma con la que un día se recordará este bochorno institucional vestido de ceremonia.

Porque hay actos que no ennoblecen a quien los recibe, sino que deshonran a quien los concede. Y esta Gran Cruz, hoy, no pesa sobre el pecho de Zapatero: cae como una fría losa sobre la decencia pública y colectiva empujada por la enguantada mano de Sánchez .

Pedro Manuel Hernández López es médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador autonómico del PP por Murcia.
 

 

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