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OPINIÓN

Juan Mata: «Del corazón en las honduras traigo… medio siglo contigo»

Juan Mata 11 Jul 2025 - 11:44 CET
Archivado en:

Del corazón en las honduras traigo… medio siglo contigo

Fue en Zaragoza.
—El campo, por entonces, ya comenzaba a vestirse de acero—
y las semillas,
en vez de entregarse al surco,
se archivaban en vitrinas,
formando una biblioteca.

La feria bullía.
Los engranajes no hablaban: rezaban.
Los motores soñaban con campos sin hombres…
pero aún nos necesitaban.

Yo venía del aula,
con el alma en boceto,
sin más afán
que hollar los umbrales del mundo:
—sin mapa, pero con sed—.

Y fue allí.
En la frontera entre el olvido y el milagro…
te vi.

Tú —con las manos en forma de cuna—
sostenías un pollito amarillo.
No lo mirabas:
lo escuchabas.

Y en ese gesto —ese misterio—
sentí que me nombrabas
sin decir mi nombre.

El pollito dijo “pío”,
y no fue un canto:
fue un destino.

Yo, con mi barba de aprendiz
y el traje azul cruzado de incertidumbre.
Tú, con el cabello hecho de plumas de sol
y una sonrisa que ya sabía.

No hubo gestos.
No hizo falta.
El amor nació
en la entraña.
En el alma que besa lo breve…
y en ese acto
lo vuelve eterno.

Y allí —sin pactos ni promesas—
nació el nosotros.

Vinieron los años —y los frutos.
No hubo deber: hubo siembra.
Las hijas crecieron sin miedo,
porque nunca las miramos desde arriba.
Los nietos llegaron,
no como herencia,
sino como respuesta.

Y anduvimos.
No como bueyes,
sino como viento
que se presta al campo.

La vida no fue siempre llana.
Pero fue nuestra.
Y eso basta.

Hoy, medio siglo después,
cuando el cuerpo ya no corre,
el alma canta.

No un canto de gallo en el corral,
sino en ese rincón secreto
donde lo amado
vuelve sin ser llamado.

Y vuelve el pollito.
Ya no pide ser besado:
nos contempla.
Sabe lo que hizo.

Fue él quien abrió el surco del destino.
Fue su “pío” la primera palabra
de esta historia.

Cincuenta cosechas después…
aún me hablas sin hablar.
Aún me miras,
y yo te respondo
con el alma entera.

Porque tú eres esa mujer
que besó lo efímero
y lo volvió eterno.

Y yo —que estuve allí—
lo recuerdo.

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