Celebramos estos días el centenario de la llegada de Lorca a Madrid. Hace dos años correspondió esta efemérides a Luis Buñuel y dentro de tres, será si Dios quiere, la de Dalí. Ninguno de ellos había nacido aquí, pero todos se sintieron madrileños. Junto con Pepín Bello, un oscense que había llegado en 1915, formaron un grupo muy unido de jóvenes y alegres madrileños llenos de inquietudes e ingenio. Es una constante acogedora y cálida que otorga la capital del reino, al adoptar a todo aquel que pisa su suelo como un madrileño más.
Sin dejar de reconocer expresamente el atractivo que ofrecía la ciudad de Madrid, cosmopolita y con un enorme patrimonio cultural y artístico, hemos de añadir a continuación que lo que fundamentalmente atrajo a los cuatro líderes de la Generación del 27 a nuestra ciudad fue la Residencia de Estudiantes, una institución en la que, por cierto, no se ha volcado quizá suficiente apoyo por los sucesivos gobiernos, desde la restauración de su función residencial en 1986.
Me gustaría centrarme en lo que fue y en lo que pudo ser la Residencia de Estudiantes:
En mi opinión, la Residencia de Estudiantes está imbuida de un cierto halo poético. Percibimos así el hecho de haber emergido entre expectación y gloria, para desaparecer luego de improviso con la guerra civil.
¿Y cuál fue el germen que le otorgó aquellas cualidades de éxito?
Para comprenderlo hemos de viajar hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX con la aparición en Alemania de un filósofo singular. Me refiero a Karl Christian Friedrich Krause, un masón cuya doctrina fijaba las asignaturas pendientes que debería abordar la humanidad para cumplir con el mandato de la Revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Entre ellas destacaba la necesidad de integrar a la mujer en la sociedad en paridad con el hombre; de proteger así mismo los derechos del niño y de la naturaleza; de constituir un gobierno mundial que gobernara Pangea, distribuyendo equitativamente sus recursos. Pues bien, todo esto se producía mientras nuestro país, que aún conservaba su imperio, era empobrecido y saqueado con la guerra de la Independencia y obviaba, como aún ocurre hoy en día, la importancia de la cultura. Algo especialmente sangrante si tenemos en cuenta que el nivel de analfabetismo alcanzaba al 60% de toda la población adulta y, hasta del 80% en las mujeres. La Ilustración, el pujante movimiento cultural e intelectual que iluminó Francia, Inglaterra y Alemania desde mediados del siglo XVIII, fue ignorado y subsistieron las tinieblas educativas en que vivía nuestro país.
La Institución Libre de Enseñanza
La doctrina de Krause llegó a España a mediados del siglo XIX a través de un profesor de filosofía de la Universidad Central de Madrid, Julián Sanz del Río. Él, tras un viaje formativo por Alemania, convenció a sus colegas madrileños de las bondades de aquella doctrina, y sus discípulos, los llamados krausistas, la pusieron en práctica con la constitución de la Institución Libre de Enseñanza -ILE-, un organismo promovido fundamentalmente por sus discípulos, Francisco Giner de los Ríos, Nicolás Salmerón y Gumersindo Azcárate. Llegaba con más de un siglo de retraso, pero tuvo una gran influencia y la osadía de abordar la educación al margen del gobierno. La ILE supuso una revolución en las formas y modos de abordar la pedagogía, apostando decididamente por la intuición intelectual frente al memorismo, e introdujo, por ejemplo, el deporte vinculado a la enseñanza. A un grupo de profesores de la ILE se debe indirectamente el origen del Real Madrid, pues en 1887 fundaron el Foot-Ball Sky, del que se escindió en 1902, el Madrid Football Club. ¿Curioso, verdad? Pues más aún si tenemos en cuenta que sus promotores fueron dos barceloneses, los hermanos Joan y Carlos Padrós. Ya decíamos al principio que Madrid acoge a todo el que llega a su solar y no podía ser menos, con quienes iban a fundar el club más glorioso del mundo.
La JAE y la Residencia de Estudiantes
En 1910, a través de la Junta para Ampliación de Estudios -la JAE-, que presidía Santiago Ramón y Cajal, los institucionistas -krausistas a la española-, fundaron la Residencia de Estudiantes. Se instaló provisionalmente en un chalecito de la calle Fortuny que acogió a 15 estudiantes el primer año. Se trataba de forjar una élite que revolucionara el modo de abordar la enseñanza y permitiera alcanzar la sintonía cultural y científica con Europa, un tren que habíamos perdido, primero con el abandono de la Ilustración y más tarde de la Industrialización. La experiencia tuvo el éxito que cabía esperar: Si un alumno coincide en su tiempo de ocio con cuatro de los siete premios Nobel que ha generado España; tiene tutores del nivel de, José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno o Ramón Menéndez Pidal; y se le ofrece escuchar a las más notables figuras del mundo en todos los campos del saber, como Einstein, Howard Carter, Paul Valéry, Igor Stravinsky, Walter Gropius, Keynes, Le Corbusier, Madame Curie, etcétera. El resultado no podría ser otro que el que fue: La Edad de Plata de las letras y ciencia española que supuso la generación del 27. Y dentro de ella, el más distinguido grupo de residentes que formaban los aludidos, Buñuel, Lorca y Dalí, además de otros notables artistas y científicos.
Federico García Lorca
El director de la Residencia tenía la costumbre de entrevistar personalmente a los candidatos. Así describió la llegada de Lorca: «… veo, la entrada en mi despacho de aquel joven moreno, de frente despejada, ojos soñadores y sonriente expresión, que venía a Madrid a solicitar su entrada en la Residencia …/… al ver al nuevo aspirante le consideré en el acto como miembro de nuestra Casa, que tanto se preciaba de saber seleccionar a sus colegiales. Siguió una larga conversación, que él y yo prolongamos con gusto. El resultado de la entrevista fueron los diez años de estancia de Federico en la Residencia: de 1919 a 1928». Después Lorca sería en efecto el alma del Grupo Universitario, aunque algunos residentes percibían su condición homosexual y se alejaban de él hasta que, como dice Moreno Villa, «abría el piano y todos perdían su fortaleza». Federico se refería a la Residencia, con calurosos adjetivos de alabanza: «Aquí escribo, trabajo, leo, estudio. Este ambiente es maravilloso».
Alberto Jiménez Fraud y Santiago Ramón y Cajal, inamovibles
Pero hay un capítulo que no se puede dejar de lado si se quiere hacer justicia al éxito rotundo que supuso la creación de estos dos organismos, la JAE y la Residencia de Estudiantes. Fue, a mi modo de ver, el hecho de que todos los gobiernos que se sucedieron desde 1907, durante la monarquía de Alfonso XIII, después en la Dictadura de Primo de Rivera y, finalmente, con la II República, tuvieron el acierto de mantener en su puesto a dos hombres que habían demostrado su valía al frente de ambos organismos, me refiero a nuestro Nobel de medicina, Santiago Ramón y Cajal, que presidió la JAE desde que se creó hasta su muerte en 1934, y Alberto Jiménez Fraud, que dirigió la Residencia de Estudiantes, desde su fundación hasta su disolución en 1936 con la guerra civil.
Y lo digo porque decididamente la política española no está bendecida con hombres sabios como los arriba citados, pues hoy, además de actuar con felonía permitiendo infamias y burlas del separatismo, tienen a gala situar a sus afines en la dirección de las instituciones, sin valorar adecuadamente si son los más adecuados para la función que deberían desempeñar. Comparen ese comportamiento con el de, Santiago Ramón y Cajal o Alberto Jiménez Fraud, que fueron ejemplo de honestidad y patriotismo. Hasta el propio Francisco Franco reconoció el mérito del navarro-aragonés, pese a su obsesión contra la masonería, y puesto que el premio Nobel era un masón confeso, al otorgarle la nobleza del marquesado de Ramón y Cajal en 1952, a título póstumo.
Como homenaje a Federico García Lorca, escuchemos las palabras que reflejan hasta qué punto la Residencia le imbuyó en el krausismo: «…yo execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, …/… Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política».
Así pues, no hagamos más fronteras para dividir, ni a España, ni al mundo.
(F. A. Juan Mata Hernández, c. t.)
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