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Rafael Blasco García: «Gorros de papel»

18 May 2022 - 12:53 CET
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La larga espera mesiánica del gobernante providencial está pasando a dormitar dentro del archivo cultural de la mitología. Empezamos a detestar los discursos academicistas con sus consejos al pueblo; huele a cloaca este género pontifical. Estamos viendo cómo se ensancha el desierto de la incertidumbre. En el esbozo psicológico de España habita y se perfecciona el escepticismo, transitando entre tiempos irreales donde las clases medias, que tanto han dado, comienzan a sentir y padecer la opresión del poder. Con el esfuerzo de la prensa por proporcionar a la sociedad informaciones limpias y clarividentes, nuestros gobernantes se hacen, sin sonrojo, gorros de papel, fomentando la descomposición del gobierno. Mientras los partidos de la oposición están penosamente de ida, nuestro presidente se encuentra ligero de vuelta, ejerciendo un poder sin conciencia de poder y practicando un gótico funambulismo de riesgo, en el que va resolviendo in extremis un rompecabezas con las piezas mal encajadas.

Seguimos conservando una vinculación con los defectos de nuestro pasado, cuya estética y atrezo mantenemos pese a los logros de la democracia. La izquierda mantiene distancias con los trabajadores y, en ese afán de automatismo por resucitar la historia, solo ve en la derecha el fascismo, sin considerar posible una derecha liberal, democrática y laica. Vox intenta involucionar, entre otros, los derechos de la mujer, y la derecha siempre considera que el poder es y debe ser suyo a cualquier precio. Los partidos dan a sus correligionarios la camiseta de la oposición para dejar claro el sendero de la presa. Demasiados meapilas y sueldos dilapidados en la nada en la que viven muchos políticos lanzando tinta de calamar. La tutela política ante los escándalos no funciona. El periodismo lucha contra el olvido, terapéutico para el gobierno, de los sospechosos movimientos de ajedrez donde las fichas se mueven en una penumbra que deteriora la imagen de España. El caso Pegasus ha de resolverse con absoluta transparencia, o dejará la sospecha de una brutal torpeza inconstitucional de maquiavélicos movimientos. Mantenemos una política que suena como un inquietante violín negro en una paz herida de decepciones y soledades, en el crepúsculo de las ideologías donde nadie se compromete a nada y la invisible conciencia colectiva se adormece en la decepción. Nuestros políticos, encasillados en un arquetipo, no dejan ver otra cosa que el personaje que interpretan, sumergiéndonos entre la realidad y la ficción donde la ocurrencia y la evasión constituyen sus líneas maestras. El manoseado perejil del progresismo sugiere una suerte de invocación al Espíritu Santo para que descienda sobre los ciudadanos y los narcotice, convirtiéndolos en seres sostenibles que no reparen en las grietas del sistema por el que se escapa a raudales la esperanza. Pero la sociedad no puede aplazar la felicidad personal para después de la muerte; la vida es aquí y ahora, con toda su fuerza. La guerra, ese espejo de la crueldad humana, nos muestra la conformidad de todas las demás especies con el universo y sus leyes, tal vez por ello amamos a los perros, a quienes vemos vivir en una dulce infancia. Mientras los animales duermen serenos en el tiempo, nosotros lo hacemos contra el tiempo de nuestra especie atormentada. La satisfacción capitalista del dinero, como figura y aceptación de reconocimiento social, no penetra en la angustia e invisibilidad de las clases desfavorecidas, carentes de esa medida áurea del hombre que en esta sociedad compra su visibilidad. Amamos más nuestra máscara, la que vamos creando, que nuestro propio yo, al que vamos dejando de lado sin quererlo conocer ni aceptar; necesitamos cultivar el pensamiento para quitarnos la mentira de la cara.

Resulta difícil vivir consecuentemente en esta deriva donde la conciencia es tan difícil de mantener. Pese a que Nietzsche aseguraba que con Sócrates se da comienzo al pensar metafísico, hoy precisamos recuperar el pensamiento socrático del diálogo, mediante el cual se sitúan los hombres ante la necesaria evidencia de preguntar, en una sociedad en involución cultural en la que estamos pasando a ser primitivos con ordenador.

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