Más información
Siglos y siglos de historia y la paloma de la paz sigue llevando su ramita sobre un mundo sangriento de cascos militares, en el que tantas vidas son borradas férreamente de la primavera. La paz como anhelada consecuencia de la guerra: no logramos pasar de ahí, siempre soñando, tras el horror, que la vida se resuelva en pirotecnia. Con frecuencia a la paloma de la paz la arrastra el viento, como a un murciélago muerto en el polvo azul de la tarde, en ese estruendoso silencio donde muere el día. Cargamos con un cansancio milenario que deja al hombre en nadie, en esta vasta ignorancia cósmica que inmoviliza el tiempo y le lleva, con un sosegado desencanto, a discutir con Dios en nuestra Vía Apia que nunca nos lleva a Roma. “Sucede que me canso de ser hombre”, dijo el poeta. La escoba cronológica del tiempo va barriendo los años sin llevarse los errores.
Hemos vivido la controversia entre la razón y la sinrazón, atravesando las líneas del fascismo y el comunismo hasta destilarnos en licor de burguesía que, como todo espirituoso, alcanza sueños abstractos de los que despertamos con un desconcertante escalofrío, ante los miles de féretros que la demencia imperialista de Vladímir Putin está poniendo en siniestra procesión de muerte violenta, impuesta y trágicamente anticipada. La libertad, una vez más, vuelve a estar perseguida y huérfana; nos invaden pensamientos exógenos con los que caminamos sin la certeza de estar de pie. La acomodada Europa se revuelve inquieta y desorientada tras tanto tiempo de autocomplacencia en el que se han ido apagando los brillos excesivos, mostrando ahora una desconocida desnudez. Buscamos con apatía líderes absurdos, sin ningún esfuerzo para encontrarlos, entre la abundancia de funcionarios continuistas. Reírse cotiza a la baja; hemos perdido el humor alegre y revolucionario que actuó como hilo conductor de libertades. Vuelve a quebrarse el dulce sueño de una paz mundial que esperábamos a través de una globalizada interdependencia en la que, paradójicamente, están creciendo las rivalidades. No precisamos el oráculo de Delfos para intuir que caminamos hacia el sometimiento de Occidente al Oriente, en este brusco giro que está dando la historia. Se está renunciando a hacer sociología del político de despacho, tan dado al oxímoron en su retórica escapista que ya no tiene la gloria de la opinión pública. En este momento los españoles ignoran qué hacen los ministros fuera de obedecer. Se han desnucado los mitos políticos y andamos un tanto desvalidos ante esta gente que llama “tema” incluso a la destrucción de la naturaleza y al catastrófico deterioro de su biodiversidad, poniendo de manifiesto el bajo nivel de capacidades, abonado de incultura y desidia. Nuestra política es un ente retórico donde el poder siempre es el mismo, confirmando el pensamiento de Miguel Espinosa: “la política es la simpatía que el poder siente hacia sí mismo”. Los partidos saben que los argumentos se miden en escaños, y antes de las generales veremos en España, en los ministerios y en los suburbios, el acostumbrado circo para el pueblo. El PP nos seguirá mostrando el barroquismo funcionarial de sus repetidos guiones, mientras el PSOE, en un paso de modernismo de su presidente, maestro de la personalidad intercambiable, ha pasado de la chaqueta de pana a las inquietudes del ahorro energético, simbolizado en el progresista destierro de la corbata; pero para convencer a la ciudadanía no es preciso descamisarse ni llegar a la avilantez de ignorarla. Hay un juego de ventajismo político de un poder con sutiles y múltiples gradaciones de alto costo económico, con demasiados ministerios y despachos. La hipocresía ha quedado en nuestro país como el mayor vicio de la Política y la Iglesia, que comparten atuendos de lenguaje polisémico en sus secretos diarios de vanidades.
Ante la atonía cultural y ética de Europa, que la mantiene paralizada en su “ahora” inhibidor, y sin energía espiritual, urge desarrollar un ímpetu renovador y crítico que nos libere de algo tan lábil como la abdicación de lo trascendente. Hemos creído trabajar por el éxito, pero lo cierto es que lo hacemos por la seguridad que aporta, como falso blindaje, ante la vida y la muerte.
Una sólida educación en valores de amor, respeto y tolerancia, desarrollados en familia, tendrán en el futuro adulto una reacción a favor del mundo o contra el mundo, siendo el único camino certero hacia la paz. Hemos saturado nuestra vieja civilización con tópicos, erudiciones y prejuicios, que en la formación del niño enturbian los sueños que crecen en el aire. Llegamos tarde con manifestaciones, que son brindis al sol, contra la violencia, porque la bondad de un ser se gesta en una infancia tutelada en valores y exenta de traumas fundacionales. La axiología nos enseña que la ética y la moral guían la vida de cada ser humano. “Lo que la escultura es a un bloque de mármol, la educación es para el alma” (Joseph Addison). Hay que anteponer lo pequeño a lo absoluto; dar prioridad al sabor y el perfume de la manzana de Newton, dejando en segundo plano su descubrimiento. Lo pequeño: el pájaro, la flor, el gato, nos muestra que la trascendencia es sencillez encaminada a la paz. La vida debe ser una educación incesante.
Más en Cartas al Director
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home