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El piso de encima

Historia de una injusticia y un latrocinio

En esta organización están metidos jueces, policías –municipales y nacionales– y forenses judiciales, médicos de Urgencias del hospital, médicos de atención primaria, trabajadores sociales y trabajadores del Ayuntamiento

Francisco Javier Ayuso Fernández 14 Mar 2023 - 07:11 CET
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Soy español (57 años) y vivo en un piso de nuestra propiedad con mi madre (83) y mi hermano pequeño (52). Desde hace cinco años somos víctimas –no somos los únicos– de una organización criminal que se dedica al narcotráfico y al asesinato, principalmente de ancianos. Esta organización nos está envenenando en nuestro domicilio y no hay forma de que alguien investigue.

Lo voy a dejar claro desde el principio: en esta organización están metidos jueces, policías –municipales y nacionales– y forenses judiciales, médicos de Urgencias del hospital, médicos de atención primaria, trabajadores sociales y trabajadores del Ayuntamiento, un centenar de españoles –en su mayoría miembros de las Comunidades Neocatecumenales de la Parroquia del barrio– y otro centenar más de ciudadanos extranjeros, auténticos sicarios encargados de matar. Todos ellos de Alcorcón.

Hemos interpuesto casi cincuenta denuncias por amenazas de muerte, intento de asesinato, envenenamiento, daños a nuestra salud, acoso, coacciones y fuertes olores a productos químicos que salen por nuestro piso como acetona, gas, disolventes, insecticida, humo, gasolina, etc., y todas han «desaparecido» en los Juzgados: no han tramitado ni una sola. El pasado mayo mi hermano interpuso dos denuncias en la Comisaría de Móstoles y seis meses después el Decanato no tenía constancia de ellas: no habían recibido nada. Esta organización lleva actuando como mínimo veinte años y todas las denuncias presentadas contra sus miembros también han «desaparecido» en los Juzgados de Alcorcón, incluidas las de otras víctimas.

El piso de encima pertenece a una familia de policías municipales y en él han montado un laboratorio para procesar drogas –durante seis meses fue un punto de entrega y recogida, con las persianas cerradas a cal y canto: jamás las levantaron–. De este trabajo se encargan los sicarios, que tienen establecidos distintos turnos de trabajo para irse relevando: ninguno de ellos vive ahí. En el salón hay una persona que vigila la calle las veinticuatro horas del día; en la cocina hay gente trabajando de 5:00 a 2:00, a veces incluso más, y en la entrada del piso se sienta otra persona. El día entero están arrastrando muebles y objetos pesadísimos por toda la casa, especialmente en la cocina, y dando fortísimos golpes. Continuamente les escuchamos levantar las baldosas del suelo y «hurgar» con espátulas y destornilladores en paredes y suelo. Utilizan unos enormes depósitos, algunos de los cuales requieren de dos o tres personas para desplazarlos por su gran volumen y peso, que vacían todos los días en los dos cuartos de baño. También utilizan una pesada máquina

que de vez en cuando trasladan de un lugar a otro de la casa y una máquina que emite un fortísimo zumbido, audible en todo nuestro piso. Siempre fuera del horario del portero, entran y salen muchas personas que meten material y sacan su «mercancía» –la esconden en maletas, bolsas de deportes, carros de la compra,…–. Entre ellos se comunican mediante golpes en la pared y/o en el suelo, y con el exterior mediante determinadas prendas que cuelgan en el patio y/o en la terraza o lanzando un cohete. Para comunicarse con pisos cercanos que les dan cobertura pegan fuertes golpes en la barandilla de la terraza. Utilizan inhibidores de señal para impedirnos hablar o acceder a Internet con nuestros móviles. Puedo demostrarlo. Utilizan bastantes coches.

La organización necesita muchos pisos, pero en este barrio la demanda es muy alta y la oferta casi inexistente, por lo que recurre a cualquier medio para echar a la gente de sus casas y obligarla a malvender, en su inmensa mayoría personas ancianas que viven solas. Les hacen la vida imposible y si no se van, perforan el forjado del piso y a través de los agujeros inyectan distintos productos químicos y/o venenos. Es lo que nos está ocurriendo desde hace cinco años –a nosotros y a otras víctimas–: en ese tiempo hemos enfermado los tres –tenemos informes– y también nuestro perro, que desgraciadamente murió envenenado el pasado diciembre con los pulmones encharcados de sangre. A todas las víctimas que han/hemos descubierto y denunciado lo que está ocurriendo las/nos hacen pasar por «locas» para que así nadie investigue. Para ello utilizan a determinados «médicos» que, sin comprobar nada, realizan un informe diciendo que la víctima sufre «ideas delirantes» y después la incapacitan. Así le ocurrió a mi hermano: acudió al hospital para que le realizaran una gasometría y al explicar que habían perforado el forjado y que estaban metiendo un producto químico que le provocaba fuertes dolores en el pecho y enormes flemas que le impedían respirar, salió la «psiquiatra» de guardia y realizó el correspondiente informe. Ahora, dentro de dos semanas, le van a incapacitar para callarle y que no siga denunciando y para justificar la no tramitación de todas nuestras denuncias. En una de ellas mostrábamos con fotografías las quemaduras en la piel que sufrió mi madre a causa de estos productos, pero también «desapareció», aunque desde entonces los autores dejaron de utilizarlos. ¿Quién les informó? ¿Por qué no hemos vuelto a saber nada de la denuncia?

Para el ciudadano común resulta imposible denunciar a jueces y a policías. Lo hemos intentado pero ha sido imposible. Las acusaciones que hago son extremadamente graves: asesinato de ancianos; envenenamiento; no tramitación de nuestras denuncias; violación de la Declaración Universal de Derechos Humanos; «desaparición» de imágenes custodiadas por la Policía Nacional; acoso policial y menosprecio a mi madre; mentiras de agentes de policía en sus atestados; investigación por parte de policías municipales a nuestra familia fuera de Madrid; jueces corruptos; acoso de los forenses judiciales a mi hermano, incluyendo amenazas de uno de ellos; diagnósticos médicos falsos para silenciar todo; denegación de análisis químicos toxicológicos; etc.

Puedo probar todo lo que denuncio: más de 2 000 vídeos con las mediciones de nuestro detector de gas, más de 80 000 horas de grabaciones de audio y más de 1 000 fotografías en las que se ven los daños físicos que nos han causado y cómo fueron enfermando todas nuestras plantas hasta morir.

Francisco Javier Ayuso Fernández

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