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España vive una crisis política sostenida que no se resuelve ni con discursos ni con silencios. La dimisión de Santos Cerdán, figura clave en el PSOE y negociador del pacto con Junts, es solo el último síntoma de un Gobierno herido por los escándalos. El caso Koldo, que salpica a ex asesores del ministro Ábalos por corrupción en contratos públicos. La imputación de Begoña Gómez, esposa del presidente, por tráfico de influencias. La investigación al hermano de Pedro Sánchez por presunto uso indebido de recursos públicos. Los hechos hablan por sí solos.
Y ante este escenario, ¿qué hace la oposición? Feijóo se presenta como garante de la legalidad, pero ha optado por una oposición de bajo perfil. Rechazó dos mociones de censura que, aunque imperfectas, abrían la puerta a la rendición de cuentas. No ha liderado una ofensiva parlamentaria seria. Ni una propuesta de regeneración institucional. Mucha retórica, cero coraje.
Pedro Sánchez se aferra al poder mientras el país se hunde en la desconfianza. Feijóo, en lugar de ofrecer una alternativa, espera que la fruta caiga sola del árbol. Pero en política, como en democracia, el liderazgo no consiste en esperar. Consiste en actuar.
La ciudadanía asiste a esta decadencia institucional con creciente escepticismo. La izquierda se desangra, la derecha calla. Y el país, atrapado entre la resistencia del poder y la hipocresía de la oposición, sigue sin rumbo.
Ni el Gobierno gobierna ni la oposición se opone. No es una crisis de partidos: es una crisis de altura. Y cuando nadie lidera, el descrédito se convierte en norma.
España no necesita gestos. Necesita responsabilidad. Y valentía.
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