Los reyes, aunque cueste recordarlo, también mueren. No sólo en el sentido biológico, inevitable y humano, sino en un plano más hondo: mueren como símbolos, como relatos compartidos, como piezas vivas de la memoria de un país y es, precisamente ahí, en ese umbral entre la biología y la historia, donde una monarquía se examina a sí misma.
Cuando Isabel II del Reino Unido decidió voluntariamente como persona y reina, al margen de su esposo, visitar en Paris a su tío enfermo y moribundo, el duque de Windsor, que fuera en otro tiempo el rey Eduardo VIII – el rey que abdicó, el rey incómodo, el rey apartado -, no estaba rehabilitando una biografía ni reescribiendo la historia. Estaba haciendo algo más sencillo y más profundo: asumir que la Corona no puede permitirse la osadía del abandono, que incluso los errores, las figuras problemáticas, forman parte del hilo que da continuidad a una institución milenaria.
Eduardo vivió exiliado, desacreditado, observado con recelo y hasta con envidia por salirse del establishment real, pero no murió solo ni lejos del sentir nacional. La reina entendió que la dignidad de la Corona también se mide en cómo trata a los suyos cuando ya no sirven, cuando ya no reinan, cuando ya no convienen. Aquella visita real, además, no fue un gesto político sino humano. La monarquía británica entendió entonces que el deber no se extingue con la reputación, la reputación esa vana y engañosísima impostura que muchas veces se adquiere sin mérito y otras se pierde sin culpa.
Cuando Hirohito, que fuera emperador de Japón, fue a visitar también a Eduardo en Paris, no pudo reprimir a la salida, las palabras a su esposa: «imagina vivir, exiliado de tu tierra natal, antes prefiero morir…»
Traigo ese recuerdo porque aquí, en España, tendemos a confundir la rendición de cuentas con el abandono. Juan Carlos I ha acumulado sombras, errores graves y una pérdida de crédito que nadie sensato discute frente a un rey decisivo en el tránsito a la democracia, algo que ni mínimamente se puede poner en duda.
España hoy se enfrenta a un rey cuyo legado se ha vuelto incómodo, pero hay una frontera que no debería cruzarse: la de dejar que un rey de España pueda morir en el exilio como si el destierro fuera la última estación del castigo.
No se trata de absolver conductas ni de blanquear responsabilidades. La historia juzgará – y ya está juzgando –lo que deba juzgar. Se trata de entender que el final de un rey no sea sólo un asunto privado o familiar sino un acto político que habla del país que somos y del país que queremos ser. Atender no es absolver, acompañar no es amnistiar, es cumplir.
Porque una Corona que no sabe cuidar a los suyos cuando ya no sirven para la foto tampoco convence cuando exige lealtad en tiempos difíciles. Porque la ejemplaridad no consiste en exhibir dureza con los débiles, sino en sostener la dignidad incluso cuando resulta incómoda, eso se llama grandeza. Y porque, al final, la historia juzga con una severidad especial a quienes confundieron justicia con desamparo.
Cuando los reyes van a morir, no deberían hacerlo en soledad ni en el exilio silencioso. Deberían hacerlo bajo la mirada de su país, con la verdad por delante y la humanidad intacta. Esa es, quizá, la última lección que una monarquía puede permitirse dar y con ella la credibilidad última de la Corona.
Más en Cartas al Director
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home