( Recibo en Ecuador los datos del paro. La cifra es, simplemente, aterradora. La afirmación de que la sociedad española está maravillosamente preparada para afrontar la crisis es peor que una estupidez para esos dos millones y medio de parados. Es un insulto del gobierno a una población cada vez más angustiada.
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Si Zapatero creía que alguno de sus problemas puede empezar a resolverse porque los emigrantes comiencen a retornar a sus países de origen, mejor que vaya pensando en otra cosa. Es más, los datos indican que siguen llegando y no sólo los cientos que arriban en pateras, la cifra mas insignificante aunque lamás dramática, sino los miles que lo hacen por avión desde Iberoámerica o por carretera desde el Este de Europa. El flujo es menor, pero siguen entrando. Ilegalmente, claro. Y quedándose. Y sobre la presunta y pretendida vuelta, que era el efecto a que se dirigían las medidas de Corbacho, ya puede afirmarse que no existe en ninguno de los grandes colectivos la más mínima voluntad de hacerlo. Nula en el caso de los marroquíes, apenas perceptible en los ecuatorianos y otras nacionalidades hispanas e insignificante en el colectivo rumano.
Nada más lógico desde su punto de vista. El incentivo es mínimo, su sentimiento creciente y hasta resentido, que no pueden ser tratados como un trapo, ahora que me haces falta te uso, ahora que no, te tiro, y carecen, como razón básica y esencial, de aliciente alguno en retornar a sus países al entender que no ha mejorado la situación allí y pueden abrírseles oportunidades. Esto ultimo si sucedió con no pocos españoles a los que el salto adelante del país alentó al regreso y a convertirse en auténticos motores de la nueva etapa de progreso y crecimiento.
Pero la España de los ochenta y, mejor, la de mediados de los 90 no es la Bolivia, el Ecuador, la Rumania o el Marruecos de hoy. Para nada. Unos en profunda convulsión social y política, otros sometidos a férreos regimenes- una cosa es añorar usos y hábitos del Magreb y pretender extenderlos a Occidente y otra tener que sobrevivir allí- y en el caso de Rumania, el más proclive a una situación similar, un despegue que no acaba de arrancar. Poco o casi nada, amen de la nostalgia y la raíz, empuja al retorno.
No habrá, pues, y menos a corto plazo ese flujo contrario. Al menos no lo habrá en cantidad mínimamente computable. Así que por ahí no va a haber alivio al paro y si un creciente problema con un sector que va a verse crecientemente afectado y que va a exigir importantes recursos económicos del Estado según vaya engrosándose la nómina de desempleados. Eso de entrada. Los previsibles conflictos de salida de una población sin estructura familiar amplia que pueda sustentarles en los apuros, las inevitables secuelas que marginalidad y miseria conllevan, y no hay que ocultar que la delincuencia será una de ellas, y los nada descartables brotes de confrontación y hasta de xenofobia van a ser, tristemente, algo que puede estar en nuestro horizonte cotidiano.
El Gobierno de Zapatero también lo sabe. Su mensaje se ha vuelto como un calcetín y está, lo justifiquen como quieran, en las antípodas de lo que ayer proclamaban. Pero ese cambio no parece que vaya a resolver ahora el difícil , casi irresoluble problema. Tampoco la apelación a las grandes palabras. La grandilocuencia de predicar solidaridad y condenar xenofobias no da trigo. Y estamos en tiempos que las gentes ya no están para la prédica sino para el trigo.
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