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La Marea de Pérez Henares

El delirio de Garzón

Antonio Pérez Henares 18 Oct 2008 - 09:22 CET
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Garzón quiere juzgar a Franco y condenar a la Transición. Con un par. A Franco y a todos los jefes del bando vencedor de la Guerra Civil. El único problema es que Franco lleva muerto- aunque él no se ha enterado y ha pedido, en uno de los ridículos judiciales más esperpénticos, que le manden acta de defunción – va para 33 años, y que el Golpe de Estado del 36 y la guerra civil que le sucedió fueron hace otros 70.

Cuando Garzón metió cuchara , con su avidez de notoriedad ya histórica y cada vez más histérica, en el asunto fue para temerse lo peor. Pero la realidad de su delirio ha superado a cualquier escenario por surrealista que este pudiera imaginarse. Y lo peor está por llegar, a no ser que a este señor se le corten por lo sano y desde quien puede hacerlo judicialmente, estos desvaríos que tan sólo pueden servir para revivir las peores pesadillas del conjunto de la nación.

Su locura, porque es un auto enloquecido el que ha dictado, acabará por ser perjudicial incluso para quienes ahora le aplauden. Porque esos familiares cuyo derecho de conocer donde están enterrados sus ancestros y cuyo deseo de darles , al fin y cuanto antes, el digno entierro que se les negó también, pueden resultar los mayores damnificados de este disparate. Porque una cosa es esa tarea, noble y contra la que nadie ni con la entraña ni con la ley ,puede argumentar nada, y otra esta pretensión de levantar una causa general y penal contra la guerra civil y el franquismo. Una causa penal contra los muertos y de paso una especie de condena a toda la transición, a todos cuantos generosamente y para superar odios y dictadura la pactaron y alumbraron la Constitución y ,ya puesto, contra todos los gobiernos democráticos desde entonces a los que viene a acusar de complicidad en la “impunidad”.

El estupor, la hilaridad, la perplejidad y el hartazgo en el mundo judicial eran crecientes y ampliamente extendidos con independencia de sensibilidades. Ya cuando empezó todas las asociaciones de jueces y fiscales se llevaron las manos a la cabeza. Ahora todos tenemos los pelos de punta. Menos el y , por lo visto Ian Gibson, ese señor irlandés que quiere llevarse a su despacho la calavera de Lorca y que ha declarado que el día de autos fue el “más feliz de su vida”.

Pero el asunto es grave y la deriva de Garzón peligrosa. Más allá de su ansia por los focos, no puede olvidarse como ha sido siempre el recadero judicial de algunos de los más escabrosos sucesos. El más reciente y uno de los más bochornosos el de transfigurarse en algo similar a la “madre” de Otegui para apoyar al ahora innombrable “Proceso de Paz” y luego convertirse en su azote y dictar exactamente lo contrario.
Pésimo instructor según la vox populi y la contrastada experiencia de las salas obligadas en mas de ocasión a tener que poner en libertad a sus procesados por sus chapuzas, endebles pruebas o fallos de argumentación jurídica, ha pensado quizás que ha de pasar a la historia como el gran justiciero que sentó a Franco en el banquillo de los acusados. Quizás es que se le hayan calentado las neuronas viendo alguna película de estas de egipcios y piense , para lograr tal fin, resucitar a su momia.

Parece que don Baltasar no tiene mejor cosa que hacer que juzgar muertos, ya que los vivos suelen írsele de rositas . Pero el país no esta para que le revuelvan el odio, ni para esperpentos de este calibre ni para destinar sus recursos policiales y jurídicos a semejantes desvaríos. La Fiscalía ha reaccionado de inmediato y es de prever que el Pleno de la Audiencia Nacional se pronuncie sobre el asunto y le diga al incompetente juez que no es competente por mucho que el quiera serlo para brillar como máxima estrella del firmamento de las togas. Y es que lo que se le ha ocurrido esta vez va ya más allá de toda razón y de todo sentido común. Y no están los tiempos para andar juzgando muertos cuando tanto hay que preocuparse de los vivos.

P.D. Algunas entradas referentes al juez y a este asunto : «La calavera de Lorca» y «Regreso a las trincheras»

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