La codorniz, recién llegada, cantó en la noche. En el crepúsculo había reclamado el cuco y luego, ya en la sombra, había elevado su voz el autillo. Pero en la oscuridad sin luna, apenas entibiada por las estrellas, se alzó la llamada de la codorniz. Y yo no quise que callara. Deseé que siguiera su llamada y cumplió mi deseo. A intervalos elevó su voz y acompaño mi espera hasta que abandoné mi aguardo. Me fui por la trocha por la que no habían querido venir ni el corzo en el día ni el jabalí en la noche y lo último del lugar fue de nuevo su vocecilla, briosa, como una campanilla.
Habría venido del sur, habría cruzado un mar, habría querido dejar las dulces vegas andaluzas para llegar hasta aquí, a este trigal entre dos portillos, entre pequeños cerros y alguna siembra, de la Alcarria.
Canto la codorniz y se enamoró de ella la noche entera.
Espero que haya encontrado ya pareja en esta tierra donde tal vez nació el año pasado. Espero que nazcan muchos polluelos en su nido entre las mieses esta primavera y que críen bien este verano . Espero que sorteen los peligros que serán todos: maquinas, cosechadoras, perros y cazadores, y que sepa regresar a su África para de nuevo volver por aquí otra vez. Yo este año, por ese canto en la noche, he decidido que no seré uno de los que la aceche. Haré mi humilde veda en esos labrantíos de Entreportillos donde sentí solitario su reclamo, como una luz sonora, limpia y enérgica , reclamando amores. No pondré a Mowgli tras su pista ni levantaré la escopeta contra ellas. No cazaré allí este agosto.
No sea que vaya a matar a la codorniz que enamoró a la noche.
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