Aquí hemos sido todos del «Ché» y de Castro. Más del Che por lo de la muerte romántica, que de Fidel a quien se le llegó a suponer un poco culpable de la misma. Hasta gentes de la derecha miraron con profunda simpatía a los barbudos que derrocaron al dictador Batista aquel Año Nuevo del 1959 que ha dado para tantas películas.
Los españoles aún más. Porque España y Cuba, sus pueblos, se llevan en el corazón y no hay país iberoamericano que más nos quiera, y lo sintamos y viceversa. Si se une, además, aquello de los “gringos” y el Maine, el potaje está completo y sabroso. El dicho de que había en España tantos o más castristas que en la propia Cuba no dejaba de tener un fondo de realidad.
La revolución cubana fue leyenda y mito de generaciones de jóvenes y no jóvenes oprimidos por la dictadura franquista. Poco a poco, ya conquistada nuestra democracia, la venda fue cayendo en muchos ojos. A algunos se les cayó en un viaje al “paraíso”, a otros al comprobar una y otra vez que si bien hubo conquistas sociales importantes el precio de libertad que su pueblo pagaba era terrible.
Pero algunos simplemente es que no quieren ver. Se resisten a una atroz evidencia. Unos cuantos esbozan dudas y ante algunos hechos feroces, como la muerte en huelga de hambre de Zapata, esbozan con la boca pequeña un atisbo de crítica y condena. Pero en ciertos sectores de la izquierda española, con particular énfasis en los aledaños del viejo PCE, de IU y algunos “compañeros de viaje” prevalece el sentimiento, el más duro de los sentimientos, el ideológico. Y ponen este por encima de los hechos para, inasequibles a la razón, seguir defendiendo lo que ya es indefendible.
Porque la dictadura cubana, sí, la dictadura, la única que hoy persevera en todo aquel continente, no tiene ya defensa alguna excepto la que ella utiliza para seguir existiendo: la fuerza y la represión. Porque resulta repulsivo establecer diferencias, que no existen de fondo ni de derechos, entre dictaduras de izquierdas y dictaduras de derechas para quienes suponen que la libertad del ser humano es un valor y un principio esencial e irrenunciable.
Aún resulta más chocante y chocarrero que quienes levantan esas voces no sean en absoluto los “parias” de la tierra sino gentes de buenas vidas y famas relucientes a los que aquel Régimen mima. Supone, en el fondo, un elemento más para detectar la podredumbre.
No vale es señalar que los de “enfrente”, los USA y su embargo, son peores. Ni siquiera como excusa sirve ya. La cuestión de fondo es que simplemente entre dictadura y libertad no existe más que una elección. Y la libertad es irrenunciable. Y espero que parafraseando a Neruda sea también inevitable. Incluso en Cuba.
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