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La Marea de Pérez Henares

Luna nueva y lágrimas de estrella

Antonio Pérez Henares 12 Ago 2010 - 10:19 CET
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Anoche se asomó a los cielos la luna nueva. Esta supone el principio del Ramadán para los musulmanes. En pálido homenaje a los maravilloso poetas hispano arabes y a mis amigos tuareg, dejo hoy estos versos compuestos asu singular manera.

Nuestro amor está escrito en una estrella
Alá nos concedera benevolencia
Un instante de alguna de sus lunas,
no lo dudes
lleva escrito nuestro nombre
y está ya impreso,
en alguno de sus innumerables luceros,
el apagado rumor de nuestro beso.

Este poema será el que inicie un libro que está ya practicamente escrito y en el que trabajo ahora y muy intensamente estos dias en correción y pulido. Aunque ya tengo publicado uno «Animales,Vegteales y Minerales» (una recopilación de poesias de mi juventud) quiero con este de ahora iniciar un recorrido por un sendero literario que cada vez me reclama y me atrae de manera más creciente y al que llevo entregado, muy silenciosamente, desde hace ya un par de años.
El título lo mantengo por el momento para mí y no tengo prevista siquiera una fecha de publicación. El original del poema si lo tiene quien yo quiero que lo tenga y que, espero, lo conserve para siempre.

Noche de Perseidas o «Lágrimas de san Lorenzo»

Pero hoy y mañana son noches de levantar la vista al cielo de la noche y mirar a las estrellas. Noche de Perseidas, de las «Lagrimas de San Lorenzo». Se lo ofrezco. Es todo un «plan».

Son fragmentos de un cometa. Visibles en todo el hemisferio norte desde el 23 de julio hasta el 22 de agosto, alcanzan su punto álgido el día de San Lorenzo. Este año, dicen los astrónomos, es particularmente favorable para observarlas durante las madrugadas del día 12 y 13. Lo mejor es esperar que se oculte la luna, en cuarto creciente, pero cuyo ocaso se produce temprano, hacia las 22,40, para que el firmamento esté más oscuro. Cerca del amanecer es cuando más meteoros caen.

Para lo muy expertos, lo mejor es fijar la atención en la «región» de la gran W de Casiopea, el gran cuadrado de Pegado y la Osa Mayor.

Son fugaces. Como suele serlo el amor. Y por ello aún más hermosas. La belleza de lo efímero, el deseado imposible de detener el tiempo y un segundo, de atrapar un crepúsculo o un amanecer.

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