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La Marea de Pérez Henares

Los vencejos, sonido del sol y de la luz

Antonio Pérez Henares 02 May 2011 - 00:49 CET
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Si es la melancólica voz de los mirlos quien mejor condensa la esencia de un atardecer y del otoño es el chillido agudo del vencejo quien mejor encarna la vuelta de la luminosidad de las mañanas y los cálidos soles. Hoy he buscado un respiro para escucharles y he desempolvado este escrito.

El vencejo

El sonido que mejor define la vuelta del calido sol y de la luz de los días cada vez más largos hacia el estio es el de las bandadas de vencejos haciendo pasadas sobre los aleros de las casas, chillando como niños, alegres de vivir, de volar y de que el cielo sea, precisa e inmensamente, azul.

Con el vencejo han llegado a la ciudad en primavera sus primos la golondrina, cada vez por cierto en menor número, y el avión que tiene un marcado gusto por la realeza y el arte : sus más grandes colonias en bajo los aleros de los tejados se encuentran nada menos que en el Prado y en el Palacio de Oriente. El vencejo, raudo y negro, nos tiene ya informados de su sonora presencia pero será ya para junio bien entrado cuando esta se haga en verdad notoria. Porque será cuando los primeros jóvenes estén ya volando con ese ansia de los mozuelos de todas las especies de pregonarlo . Los vencejos entonces convertirán el aire en una algarabía. En una verdadera discoteca aérea donde ellos ponen todo: la música y el baile.

Porque todo en el vencejo es aéreo. Vive y muere en el aire. Hacer apoyado en algo sólido, que no en tierra, lo único que hace es nacer , hacer nacer y echar las plumas. Luego el vencejo ya es , para siempre, viento.

Sus cortas patas y sus largas alas le impedían levantar el vuelo si tiene la desgracia de caer a tierra, a no ser que logre remontarse a un mínimo promontorio. ¡Pero que difícil es que un vencejo caiga a tierra!.

Una vez salidos de sus nidos, normalmente bajo las tejas primeras y mas sobresalientes de los tejados, los vencejos parece como si su vida entera la hubieran pasado volando, como así va a ser. Desde muy jóvenes son unos maravillosos navegantes y unos consumados aeronautas. Allá arriba comen, atrapando cuanta mosca o mosquito se ponga por delante de sus bocas, allá arriba juegan y allá arriba, duermen. Porque los vencejos duermen suspendidos en el aire, duermen en la mejor cama posible, sueñan mecidos por el viento.

Sus evoluciones en las atardecidas no son a veces otra cosa que un irse remontando en las corrientes , hasta alcanzar una altura tal donde en círculos y sin que nadie les moleste, poder relajarse y descansar.

Entonces callan y duermen. Siempre, eso si, con sus largas y finas alas extendidas.

Uno lo ha envidiado siempre. Tanto que en su sueño hubiera querido alguna vez ser uno de ellos:


Allí estará el lecho en que me alcance el sueño del olvido

Y como un vencejo acunado en el aire

Como un vencejo durmiendo suspendido

Junto a la estrella de la tarde

Encontrar en la mañana el nuevo rumbo de mi vuelo

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