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La Marea de Pérez Henares

El economista cenizo

Antonio Pérez Henares 24 Abr 2014 - 00:04 CET
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La figura televisiva que no puede faltar en un debate que se precie es la de un economista o periodista “experto” económico. Su misión, por lo general, es la de profetizarnos las diferentes penas del infierno que nos aguardan. El resumen de su intervención puede condesarse tanto en entradilla como colofón, por el centro se produce la catarata de datos y cifras, en el siguiente axioma : Toda va mal, muy mal y peor que se va a poner. Y no dicen aquello de ¡Abandonad toda esperanza! pero se nota que es lo que más les pide el cuerpo dejar dicho como despedida.

Y no se te ocurra replicar, ni siquiera para esbozar un balbuceo de que algo positivo se va viendo, porque de inmediato lo mínimo que te cae es lo de triunfalista, vocero del Gobierno y sádico social. El economista cenizo, profeta de Apocalipsis y augur infalible de la inminente catástrofe siempre tiene razón. Siempre, incluso cuando algunos de los que hoy no salen del más hondo “quejio” negaban que aquí hubiera o fuera a venir crisis alguna. Pero entonces es que ellos no estaban predicando desgracias en la tele sino asesorando en Moncloa.
Lo cierto y verdad es que las cosas están mal, pero que muy mal. Eso no hace falta que lo diga un “experto”. Con tanta gente sin trabajo, con tanta familia en necesidad, con tanta angustia cercando presentes y futuros, nadie que no sea un cínico o un perturbado mental, puede negar tal evidencia.
Eso es una realidad, sin duda. Pero también empieza a haber otras. Y el argumento de la hecatombe inminente cada vez se sostiene menos. Porque aquellos días de rescate-embargo mañana a más tardar y la prima por los 600 ya parecen no haber casi existido. En la memoria del cenizo, desde luego, han sido borrados y lijados y no saldrán ahora de su boca cuando ayer los llevaba como pearcing. Pero es que además , gotita a gotita, ha empezado a fluir algo de agua, que tampoco quieren ver. Porque luego vino lo de que no se crecía ni se iba a crecer, pero poco a poco se crece y parece que hasta más de lo que se pensaba. Después era que no se dejaba de destruir empleo. Pero un día ya se acabó la sangría. Y cuando hasta empezó levemente a bajar el paro, se dijo que eran trampas estadísticas y que no subían los afiliados a la seguridad social. Pero cuando también, aunque sea muy humildemente, ese dato empieza a ser bueno pues ahora la descalificación, a cualquier atisbo de mejora, es que el empleo es de calidad infame.
Ese es, con todas las curvas, gráficos y cifras que se quiera luego aderezar, el argumentario que nos llevan repitiendo hace más de un año. El del cenizo. El de a peor iremos. Pero entre aquello del hundimiento total y sin remisión en horas 24 de no hace tanto hasta esto de ahora de que el empleo que se crea es de baja calidad, a mi me parece que hay una diferencia. Para bien. Y en lo que se va viendo de como respira la cosa pues parece que algún cambio hay. Y no es para mal. Aunque nadie tire un cohete y sería suicida pensar que vuelve una jauja que no puede, ni debe, volver.
Quizás lo que vaya siendo el momento sea de tirar de hemeroteca y ponerles en pantalla sus retahílas de pronósticos y augurios a cada cual más catastróficos. No se hará. Es más, cuando en breve salgan datos del paro registrado, de la afiliación y de EPA que pueden ser, y otra vez, alentadores, aunque sean de 100.000 a mejor, a ellos les parecerá y proclamarán que somos idiotas de alegrarnos, que en octubre ya nos vamos a enterar. Un cenizo que se precie no se rinde jamás.

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