En medio de esta marabunta de republicanos sobrevenidos, izquierdistas anticonstitucionales y separatistas echados al monte ha tenido que reaparecer quien desde la izquierda más comprometida y el sindicalismo cuyo “privilegio” era una celda en Carabanchel, uno de los verdaderos artífices de la conquista de la libertad y la llegada de la democracia, para decir un par de verdades entre tanto tumulto y tanta consigna huera. Obviedades que relucen como cristales en medio de la montaña del disparate. Nicolás Sartorius, uno de aquellos 10 del proceso 1001 contra los lideres y fundadores de CC.OO, condenado a 20 años de cárcel y liberado por la primera de las amnistías, tan denostadas por estos neo revolucionarios de ocasión, sin riesgo y a destiempo, que vaciaron las cárceles de presos políticos y dirigente del PCE de la lucha, la clandestinidad, la reconciliación y la responsabilidad ha dado a su manera sensata y reposada pero con la misma valentía que entonces con la tecla y la clave de toda esta aparente disputa donde se revuelven monarquía, democracia, republica y constitución pretendiendo incompatibilizarlas al antojo de cada cual.
Nico Sartorius ha deshecho el aparente nudo gordiano con una aseveración tan rotunda y constatable, que deja la cuestión reducida a un tumulto con poco sentido y mucho de oportunismo. La cuestión clave es donde reside la soberanía, y eso lo dejó meridianamente claro y resuelto la Constitución del 78. Cap I/2 “La soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan los poderes del estado”. El pueblo es el soberano. Y eso es lo esencial. No es el rey quien detenta tal derecho. Esa es la formula de la monarquía parlamentaria que inmediatamente el propio texto constitucional señala como forma política de estado. Que puede ser variada, sin duda y que resulta cada vez más evidente que debe ser reformada y adecuada, por supuesto. Pero y en ello no solo Sartorius sino cualquiera que tenga un mínimo sentido democrático y hasta de sentido común habrá de convenir que para trasformar lo que sea preciso habrá que contar con los consensos acuerdos y mayorías suficientes y amplios, que no pueden ser jamás imposiciones por ola mínima de los unos sobre los otros. Habrá que buscar y encontrar los puntos de unión y no de división, de convivencia y no de enfrentamiento. Como se hizo entonces, como hicieron gentes como Nicolás Sartorius , como parecen haber olvidado o quieren olvidar algunos.
Uno de los que no solo han olvidado sino que confunden y difunden la patraña es el presunto sucesor de aquella formación, cayo Lara, quien sigue en su descabellado, pero puede que fructífero empeño cara a su parroquia de pretender contraponer Democracia con Monarquía y en ello se enquistaba en su discurso tan efectivo como falso en su contenido. Lo contrario a la democracia es la dictadura, la tiranía y el absolutismo. La negación de la soberanía al pueblo. Y eso lo puede hacer cualquier forma de estado, desde una teocracia a una de esas llamadas republicas populares que no son sino dictaduras de partido único. En el fondo ya entonces Sartorius y Cayo Lara no estaban de acuerdo. El uno se fijaba en Berlinguer y el eurocomunismo y el otro tenía como modelo a la Unión Soviética y la dictadura del Proletariado.
Lo esencial no es el modelo de estado, eso es una derivada. Lo trascendental es donde se establece la soberanía. Puede optarse como han hecho muchas naciones democráticas de nuestro entorno europeo por una u otra formula, pero partiendo de esa base primordial. Puede convenirse la conveniencia de una monarquía constitucional que acate esos valores y se ponga a su servicio como representante institucional, como símbolo histórico y que demuestre su validez y utilidad. El rey reina, pero no gobierna. Es una especie de “republica” coronada. Así puede tener sentido, el único sentido posible de la monarquía en el siglo XXI. Puede optarse también por la otra formula, si se quiere más que en realidad son varias y diversas, republicas presidencialistas, donde el presidente manda, una especie de “rey republicano”, a la francesa o donde su papel es menor y quien gobierna es el primer ministro, Italia, siendo el presidente de la republica quien como en el caso de las monarquías tiene un papel moderador o como sucede en otras muchas presidente y primer ministro son uno mismo.
Es algo que, desde luego, podemos decir entre todos y según lo que se convenga como mejor y más útil para España o sea para su ciudadanos. Pero la pretensión de establecer una republica de parte y con sesgo ideológico que abjura de los propios valores constitucionales y en revoltijo y connivencia con el separatismo supone el más absoluto de los disparates. Y tanto es así que ese factor, unido a la corriente emocional de la abdicación de don Juan Carlos “enterramos bien” acertó a decir Rubalcaba, a quien se perdonan sus últimos errores y se pone en valor sus aciertos y servicios, ha supuesto el repunte de la formula monárquica en la preferencia de la población. Por sensatez, por estabilidad, por sentido común y por aversión a quienes agitan y confunden bandera, las manifestaciones, entre la nostalgia alucinada, la utopía comunal y la imposición, del izquierdismo anticonstitucional, y las proclamas de los separatistas anti españoles que en realidad lo que pretenden es la secesión y que también se rebelarían, como se rebelaron contra esa enseña de morados añadidos, se han convertido en grandes fabricas de monárquicos en estos últimos días. Los títeres protagonizados por los filoetarras y los histriónicos voceras de ERC ayudan mucho a ello. Tanto que quienes pueden pensar o pensamos que la razón lleva al principio republicano y la abolición de esos derechos dinásticos al ver el panorama y atisbar lo que se nos presenta como futuro en medio de la algarabía nos palpamos la ropa y como, y vuelvo al principio, ello es perfectamente compatible con la democracia pues decidimos que mejor quedarnos como estamos que mal no nos ha ido.
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