Este 28 de octubre de 2014 escribe Eurico Campano en La Gaceta una columna titulada ‘Fran Nicolás: medias verdades, grandes mentiras’ que arranca diciendo:
Que Fran Nicolás era un tipo listo lo sabe ya media España. Que actuaba, en muchas ocasiones, por cuenta propia y, tal vez en alguna, por cuenta de otros, lo puede deducir la otra media. A partir de ahí, que en éste país nuestro de porteras, la imaginación más desbordante -por no tocar el mundo de las redes sociales- se haya desatado entre el respetable era de prever.
Y añade que:
Bastaría una conversación -y unas mínimas comprobaciones- con aquellos a los que se atribuye un papel ‘estelar’ en la ‘trama’ para saber que si hubo alguna gestión fue a título personal, sin involucrar a la Institución para la que trabajan, que nada tenía que ver con semejante asunto. Y que si la hicieron fue, en todo caso, para servir a España y ante la preocupación que les producía el hecho de que en cada viaje a Nueva York, sus colegas de la SEC les trasladaran la extrañeza y la perplejidad que por aquellos pagos suponía el ver en cuestión la excelente imagen del Rey Juan Carlos por un asunto que más parecía tener que ver con un yerno golfo, pero que estaba amenazando la estabilidad de la primera Instiución del Estado: la Corona.
Y concluye que:
Igual ocurre a la hora de decir, o de escribir, sobre las presuntas ‘relaciones’ de Fran Nicolás con altas Instituciones del Estado. Aquí ya los ‘rumorólogos’ de guardia se vuelven locos y dan a entender -cuando no directamente por ciertos- hechos que, éstos sí, no van a tener forma de comprobar en su vida desde sus humildes atalayas. Demos por bueno que el intrépido joven se haya presentado como ‘enviado especial’ de una alta instancia gubernamental, que es cosa diferente. Lo de si tenía o no que ver con el CNI, antes CESID, lo dejamos para una mediocre novela de espías.
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