Nunca lo volverá a tener tan fácil Manuela Carmena, la flamante alcaldesa de Madrid, para resolver rápida y acertadamente un problema. La destitución de ese desconocido, conocido ahora por sus «tuits», que atiende al nombre de Guillermo Zapata, no debería, por lo obvia, distraerla ni un minuto de la ingente y descomunal obra de adecentar la capital de España que se ha propuesto, de adecentarla en todos los sentidos. Sin embargo, Carmena vacila. O ha vacilado.
Carmena vacila, o ha vacilado, y la fe depositada en ella, en su decencia, en su formación, en su personalidad, por muchos madrileños, también vacila al ver que su autoridad y su influencia pudieran ser ficticias, pues la Carmena que cree conocer la gente por sus palabras, su talante y sus propósitos no habría tardado un minuto en destituir a ese pollo. La sospecha, ante tanta vacilación (¿a quién tiene que consultar o pedir permiso una alcaldesa para cesar a uno de sus concejales?), de que la jueza no sea sino la figura fascinadora e irreprochable, pero decorativa, de que los Zapatas se han servido para ganar Madrid, crece.
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