Los dos grandes partidos tradicionales se dedican ahora un poco o un bastante a practicar ocurrencias de diverso tipo, que nada les sirven para disimular o corregir sus fallos, errores o fracasos. Lo de Mariano Rajoy es glorioso, pues después de cambiar de opinión siete veces en torno a la estrategia a seguir tras el 24M, se despacha con una absurda operación cosmética que daría risa si no diese pena. La ocurrencia es memorable, ya que los nombrados para el partido podrían haber sido los mismos que ya estaban, pues no se ve la diferencia. Solamente habría tenido sentido un cambio sustancial, una revolución interna, sideralmente alejada de la sonrisa, por ejemplo, del señor Casado, al que labia no le falta pero que de ahí no pasa. Lo demás, seguir con la manía risible de meter al PSOE en el saco del extremismo, solamente por haber llegado a unos cuantos pactos con Podemos o similares, cuando esta nueva izquierda está demostrando ser muy sensata y saber ganarse la simpatía de mucha gente. Solo hay que ver a Manuela Carmena, por mencionar la figura más popular salida del 24M. Los nuevos están aprendiendo incluso a pedir perdón por sus fallos y meteduras de pata, no pocas, ciertamente, cosa que en el otro bando ni supieron nunca ni saben hacer ahora. De verdad que lamento tener que decirles cosas así, pero es que se hacen acreedores a ello.
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