Si pagan, no comen, y si no comen, no pueden pagar. En todo caso, los griegos podrían aplazar o renegociar el pago de la descomunal deuda que su Estado fallido tiene contraída con los prestamistas internacionales, pero no pueden aplazar la satisfacción de sus necesidades diarias más básicas, entre las cuales destaca, por lo perentoria, la de llevarse algo de comer a la boca. Sin embargo, a la Europa regida por los mercaderes, que lo son del tipo de los que engañan en el peso y bautizan el vino y la leche, eso le trae enteramente sin cuidado.
Así como el que pide se compromete a devolverlo con intereses, el que presta sabe que, a cambio de la opípara rentabilidad que recibe, asume un cierto riesgo de impago. Pero éstos prestamistas que convirtieron el sueño de Europa en sucia almoneda no quieren saber nada de eso, y los apuros y el sufrimiento de diez millones de personas se les antoja irrelevante al lado del plazo, de la letra, que vence. Ni una mísera quita de la deuda, que desbloquearía la situación y daría un respiro a los griegos, aceptan, y eso que los pragmáticos Estados Unidos se lo implora, bien que para conjurar el peligro de que Grecia caiga, a plomo, en la órbita de Rusia.
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