Tres elecciones autonómicas en cinco años; una ruptura y una quiebra social internas, en ocasiones incluso entre familias o amigos, que no tendrá remedio fácilmente; millones de euros gastados inútilmente; un endeudamiento progresivo de las finanzas catalanes que se financian al 0 por ciento de interés gracias a la Hacienda de todos los españoles porque antes lo hacían a un 7 por ciento en otros mercados o en bonos «patrióticos»; la pérdida de miles de millones en inversiones españolas o extranjeras; la paralización de muchos proyectos hasta saber qué pasa; un montón de mensajes a los ciudadanos diciéndoles que sus gobernantes se pasan la ley por donde les parece; otros diciendo que van a seguir en Europa a pesar de que los gobernantes de la UE, de Alemania, de Gran Bretaña, de Italia o de Francia ya han dicho expresamente que no (entre otras cosas porque les podría crear a ellos el mismo problema); promesas de que con la independencia, no sólo se librarán del «yugo» del Estado español, sino que crecerá la riqueza, el empleo, el bienestar social, la libertad y lo que ustedes quieran hasta límites insospechados. ¿Todo eso, y mucho más, para que dentro de unos días se compruebe que un 50 por ciento, arriba o abajo, está a favor de la independencia y que otro 50 por ciento, abajo o arriba, está en contra?
He dicho muchas veces que ha faltado diálogo por las dos partes y, sobre todo, presencia del Gobierno en Cataluña para explicar, para escuchar, para atender y para comprender. El desencadenante de esta situación, desde mi punto de vista es complejo: la impenitente voluntad del nacionalismo de no estar nunca suficientemente satisfecho y siempre reclamar algo más; el clientelismo fomentado durante décadas por CiU; la incompetencia de un ex presidente como Rodríguez Zapatero; la corrupción tapada durante años; el tancredismo de Mariano Rajoy; la huida hacia delante, pagando el precio que sea necesario, de un político sin salida como Artur Más… Y por culpa de todo eso, la desatención de los verdaderos problemas de los ciudadanos de Cataluña: la pérdida de su capacidad innovadora, el desempleo, la baja calidad educativa, los problemas con la sanidad, la huida de inversores y de inversiones..
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