Empecinados todos en sus posiciones, la Diada solo ha servido para confirmar ese empecinamiento, ante el asombro de los millones de españoles -la mayoría- que lo que esperan de sus políticos es un cambio de actitud en todos los sectores que permita mirar al futuro con otros ojos que no sean los de la desesperanza. Parece mentira, pero desde ninguna de las posiciones enquistadas se ofrecen soluciones satisfactorias, a pesar de que han avanzado mucho los intentos de los más sensatos de encontrar una salida al laberinto. Lo que queda más claro después de la gran manifestación del 11-S y de los primeros días de campaña electoral es que ni desde el secesionismo ni desde el inmovilismo se va a devolver a este país su derecho a contar con una clase política dispuesta a resolver los problemas en lugar de empeñarse en estrellarnos a todos contra la pared de su incomprensión y su egoísmo partidista. Lo más asombroso es ver ese entusiasmo de los unos y de los otros en sus posiciones extremas y su incapacidad para entender no ya las de la Tercera Vía sino las de absolutamente nadie más. Pero a dónde pensarán los secesionistas y los inmovilistas que nos pueden llevar a esa inmensa mayoría de españoles que los miramos sin terminar de dar crédito a lo que vemos.
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