A dos meses de las elecciones generales, veo que se plantean cuestiones que nunca debieron estar en discusión. Me refiero sobre todo a los debates electorales, cuya celebración o no siempre se utilizó de forma torticera y antidemocrática, sobre todo por el PP, en busca de ventajismos y de manipulación de la opinión pública. No había mayor ventajismo que excluir de los debates a los partidos que no tuvieran representación parlamentaria. Apañados estaríamos si en estos comicios del 20 de diciembre se intentase excluir a Podemos y Ciudadanos, que pueden ganar las elecciones sin haber estado previamente representados en el Parlamento de la nación. No creo que a nadie se le ocurra semejante disparate, pero conviene no fiarse. Y el otro gran tema es el del formato, que ha sido un asunto bastante vergonzoso en los escasos debates entre los líderes que se han celebrado en las campañas electorales de las generales en lo que llevamos de democracia. En este punto se ha llegado a situaciones ridículas, empezando por confiarlo todo a los acuerdos previos entre los contendientes como guía infalible del orden y desarrollo de esos encuentros, lo que muchas veces los convertían en actos inútiles y aburridos, por no decir aberrantes.
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