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Lucía Méndez

«Esperanza Aguirre no despertó de su bendita ignorancia sobre lo que sucedía a su alrededor»

Lucía Méndez / El Mundo 20 Feb 2016 - 08:15 CET
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Lucía Méndez, en El Mundo, se lo pasa bomba hablando de la corrupción del PP. Sí, habrá una corrupción pestilente, pero la que viene de Andalucía, del PSOE, es diez veces mayor:

«Ya veo que el monstruo que hemos ido creando entre todos sigue creciendo. Cada vez te estás deshumanizando más con tanta gente que tienes a tu alrededor que te ensalza y al final te lo estás creyendo en exceso. (…) La altura te hace ver las cosas de distinta manera que al resto de los mortales». No es un fragmento de ‘House of Cards’ ni de ‘Borgen’. Aunque podría serlo. Es el contenido de un correo que David Marjaliza envía al poderoso Francisco Granados. Está en el sumario de la Púnica, entre millones, cuentas en Suiza, fincas de recreo, maletines llenos de billetes, comisiones, lujo, sexo, Rock and roll y desvergüenza. Son palabras de despecho porque al amigo Paco se le ha subido el poder a la cabeza y no le paga lo que le debe. Marjaliza sabe de lo que habla. Sabe cómo tratar a los poderosos para que hagan favores. Conoce los pecados capitales del poder. Estimados colegas, hemos creado un monstruo.

Subraya que:

La corrupción no nace por generación espontánea. La corrupción a gran escala como la del PP de Madrid o la del PP de Valencia nace, crece y se desarrolla en un ambiente propicio, de acuerdo con una determinada manera de ejercer el poder. La corrupción prende porque se dan las condiciones para fabricar monstruos que acaban por creerse impunes. Marjaliza y sus compinches crearon el monstruo corrupto de Paco Granados, que a su vez alimentaba al monstruo político de Esperanza Aguirre y se servía de él.

Los amigos de Paco le halagaban, él adulaba a la presidenta y así, entre vanidades, caprichos, lujos, vino y rosas, transcurría la vida impune en la corte de la lideresa que ganaba elecciones sin parar. Y sin detenerse a analizar los avisos sobre las andanzas de Granados que no uno, ni dos, ni tres, sino muchos más colaboradores le hicieron llegar. Ni siquiera cuando trascendió que en su Gobierno se espiaban unos a otros, Aguirre despertó de su bendita ignorancia sobre lo que sucedía a su alrededor. Ella que creía controlarlo todo, resulta que no se enteraba de nada. No fue la única ciega. También Rajoy permanecía en la inopia.

Y apunta:

Ya vemos ahora los monstruos que fueron creciendo al calor de la fiesta, la burbuja y la avaricia de poder y dinero. Simples mortales que dejaron de serlo al entregarse a los excesos dentro del hábitat de la impunidad. Sin que nadie los viera.

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