«Que quiten el cartel, que ya apareció».
Era lo que se decía en los pueblos de la España de mi infancia cuando, después de unos días de sofoco, encontraban por fin la oveja o el gorrino extraviado.
La frase ha caído en desuso, pero con la proclividad al ‘revival’ que profesan nuestros nuevos políticos, no sería de extrañar que un día de estos la veamos escrita con letras de molde en los tablones del Congreso de los Diputados.
No para anunciar el hallazgo de un semoviente, sino para comunicar a sus señorías que ya tenemos gracioso de plantilla.
El de esta legislatura, que se perfila corta, se llama Pablo Iglesias.
No se porque razón, cualquier personaje público al que arriman un micrófono los reporteros de los programas del hígado, se siente obligado a responder dócilmente a la más desquiciada impertinencia, pone cara de lelo, fuerza una sonrisa y trata de articular a botepronto una frase ingeniosa.
Es un juego estúpido en el que, con contadas excepciones entre las que brilla el feroz Pérez Reverte, entra casi todo el mundo, pero incluso la estulticia tiene límites.
Entre hacer el mamarracho unos segundos por temor a quedar como un sieso y convertirte, como ha hecho el líder de Podemos, en el animador del festejo, hay diferencias.
Añadió pringoso que «fluye el amor en la política española» y después, recitando lo que le podía haber escrito un guionista del Club de la Comedia en una noche de porros, sentenció: «A partir de ese beso la política se está calentando».
Tenemos payaso, ahora sólo falta montar el circo.
ALFONSO ROJO
Más en Columnistas
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home