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Francisco Javier de Lucas

Del bipartidismo a la locura

13 May 2016 - 12:06 CET
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En los últimos meses hemos oído decir, hasta la saciedad, que la izquierda es la clave para llevar a cabo una política reformista y de progreso en España.

Sin embargo, basta con echar un vistazo a la historia europea de los últimos dos siglos para tener un criterio suficiente acerca de lo que significó el origen del comunismo y cómo ha ido evolucionando hasta su situación actual.

El materialismo histórico desarrollado a partir del idealismo alemán en la filosofía de Hegel, supuso una revolución importante a la hora de cambiar la concepción del mundo, la que se conoce también por «dialéctica», entendiendo ésta como una sucesión de movimientos continuados de los que surgen soluciones o reformas para la superación de las contradicciones inherentes al movimiento anterior. Surge, por tanto, en el materialismo histórico de Marx, lo que conocemos por joven izquierda hegeliana.

Marx fue un tanto crítico con el enfoque idealista que de la filosofía de Hegel hiciera Feuerbach, uno de los dos jóvenes filósofos próximos a Marx, junto con Engels.

Por ello, en 1845, cuando Marx contaba tan solo con veintisiete años, redactó once tesis sobre el pensamiento de Feuerbach; la última, la undécima, reza así: Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo.
A pesar de haber sido escritas en 1845, las tesis no se publicaron hasta después de su muerte, siendo Engels el artífice de su publicación en 1888.

Pero aquí surge la primera «corrección», por parte de Engels; porque, aunque el fundamento del marxismo se apoyara en la praxis productiva, Marx concebía toda su filosofía como un cuerpo único entre práctica y teoría. Y lo deja claro Engels en la connotación que hace en el momento de publicar las tesis sobre Feuerbach, cuyo texto fue: Los filósofos [hasta el momento] se han limitado a interpretar de diversos modos el mundo; [ahora] de lo que se trata es de transformarlo. Estas pequeñas indicaciones de Engels «(hasta el momento» y «ahora»), revalidan la teoría marxista de la producción en la dialéctica hegeliana, la cual viene a significar los movimientos continuados de soluciones y reformas para la corrección de las contradicciones inherentes al sistema.

Así las cosas, la propuesta de una política reformista y progresistas que plantea la nueva generación de una izquierda anacrónica, no solo no tiene sentido alguno en una saciedad en la que el propio marxismo se ha avenido a la razón del diálogo y el pluralismo, sino que supondría una retrogradación cuyas consecuencias son inimaginables.

La nueva izquierda no es deseable ni para la misma izquierda evolucionada; porque, los oferentes de dicha propuesta no se dan cuenta de que, además de estar al margen del marxismo más exacerbado, sólo tiene lugar como enseñanza de un programa educativo y cultural.

Llevarlo a la práctica en pleno siglo XXI no deja de ser una aberración, o un capricho de mentalidades que piensan que la política es un laboratorio de Quimicefa Junior. Y es que los juegos en política suelen terminar en tragedia.

No es posible imaginar ahora, después de casi dos siglos transcurridos desde las tesis de Marx sobre Feuerbach, una práctica política que desee transformar el mundo sin la imprescindible contribución de la razón, el pensamiento y la moderación, como él mismo proponía si leemos literalmente la tesis undécima sobre Feuerbach, aunque felizmente connotada por Engels para su publicación. Y menos aún transformarlo a costa del exterminio de toda política que no comulgue con sus ideas. A eso se le llama pensamiento único.

Es cierto que el bipartidismo puede llegar a ser una inmoralidad política. Eso ocurre cuando, presentándose como alternativa formal de gobierno, no consiguen satisfacer a la ciudadanía con su programa; entonces pueden surgir los acuerdos perversos que hacen de la alternativa de gobierno una alternancia negociada.

¿Cree, pues, la nueva izquierda (la más vieja) que los ciudadanos no somos conscientes de que tras las próximas elecciones lo que quede será un peligroso bipartidismo, forzado por alianzas de izquierdas minoritarias, débiles y perdedoras?

Urge la renovación de la Constitución, como urge la renovación de muchas leyes, entre otras la electoral, y urge la renovación de muchas cosas; pero no son precisamente Uds., nueva (vieja) izquierda, los que se puedan presentar como garantes democráticos de una reforma progresista.

Señor Iglesias, ni aunque se esfuerce en moderar el tono de su discurso éste es creíble. Los sentimientos salen por los poros de la piel por mucho que se quieran ocultar; y a los pocos minutos de iniciar cualquiera de sus soflamas, su perfil psicosomático le delata: pasa de la suavidad más empachosa al resentimiento más iracundo, una vez conseguida la velocidad de crucero en un discurso entre rapero, monótono y aterrador…

Usted ha rizado el rizo de «lo que no hemos conseguido en las urnas, lo hemos conseguido en los despachos», frase que, por cierto, encierra una magnanimidad democrática nauseabunda. Ahora Ud., «lo que no ha conseguido ni con los votos ni en los despachos, lo ha conseguido con unos botellines».

La deriva rastrera y enloquecida por el hambre de poder es lo que trae.

No se entiende cómo no existe en nuestra Constitución un capítulo que, aprobado por unanimidad, pueda poner freno a ideas como las suyas; porque el alcance de sus intenciones bien las conoce Ud.
Parece que sólo es Ud. el que no se ha enterado de que la socialdemocracia ya está asumida hasta por los liberales más conservadores, y viceversa, y que sólo entre unos y otros, con voluntad de consenso, es posible el reformismo de progreso.

Esperemos que la izquierda coherente agudice los sentidos y no se deje seducir por sus catos de sirena.
Decía Teognis de Megara, allá por el siglo VI a. de C., en unos breves y profundos versos: Adula bien a tu enemigo. Y cuando esté a tu alcance, dale su castigo, sin darte para eso pretexto ninguno.

Que lo disfrute Ud., señor Iglesias, y que lo mediten sus enemigos.

Ah, y no olvide que Marx ha muerto. Usted lo ha matado.

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