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ANÁLISIS

Santiago López Castillo: «¡Hay, Carmena!»

30 Nov 2018 - 19:40 CET
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No vivo en la city. No quisiera estar en sus dominios, señora alcaldesa. Estoy en la sierra, adiós gracias, y no en la ratonera que usted, señora jueza por la tercera vía, simplemente María, ha metido a los nobles madrileños en la gatera central de la ciudad. El caos. Déjeles vivir. Odia los automóviles pero va en cochecito leré. No sea falsa, desdentada regidora. Ha dejado la Gran Vía, la que cantara Sabina, como un estercolero inmundo. No es, señora corregidora, la vida y paseos que juntos al amanecer nos despertó la Luna.

Fue la arteria más importante de Madrid, también llamada José Antonio, pero el óxido de la carabina purificó sus señas. Allí me hice periodista. Me tomaba cañas en la Calle de la Salud con Miguel Ríos y otros cantantes de Belter, Conchita Bautista, sin ir más lejos. Y estaba JJ, la discoteca de moda hasta la madrugada, el espíritu del cubata, a pelo y pluma, más un mogollón de mil mentiras. Sí, señora alcaldesa, nosotros, la pandilla del centro de Madrid, pongamos que hablamos de Madrid, fuimos los que nos enseñoreamos con la fantasía matritense. Los urinarios de la Puerta del Sol, por ejemplo, que se instalaron en 1911. Generalmente, había una mujer despeinada en la puerta del evacuatorio, ponía la mano, le echabas un real y a sacudiarla.

Estábamos a medio metro de Cadena SER, «Radio Madrid», madrugada. Muchas noches, me iba con mi compañero de carrera Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca (hoy director del «Diario de Avisos») a ver a Joaquín Prat que hacía un programa espléndido, y quién me iba a decir que años después epataría con él -salvando las distancias, claro- en TVE y nos vestiríamos para nuestros respectivos programas en Cortefiel, el sastre de la elegancia.

Pues ya ve, señora alcaldesa, todo lo que cuento es fruto de una mente joven que se quería comer el mundo, Madrid, Madrid, y de un cerro de protestas que me llegan de la Villa y Corte fragmentada por la piqueta y por la suciedad. Celebro no padecerla, a usted, como consecuencia de una política populista, okupa, ni al lugar donde nací, en el barrio de Argüelles, a mucha honra, a la brisa de la terraza de Rosales con dulzor de coca-cola y labios pegajosos de amor. Celebro, pues, doña Carmena, ¡ay Carmela!, tu nombre me sabe a hiel republicana con toga oscura como la checa.

Sea lo que fuere, no deja de ser aleccionador repasar la historia de cada día pasando con mimo las páginas de los recuerdos.

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