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No existe la casualidad; existe la causalidad

“El vuelo IB-610”

Cuando las cosas no te vienen de cara, mejor no insistir; lo digo por experiencia

Antonio Gil-Terrón Puchades 06 Dic 2021 - 07:27 CET
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Carta de Eurico Campano a Pardo de Vera, Elsa García de Blas, Esther Palomera y otros mamporreros del poder

La historia que voy a narrar sucedió hace treinta y seis años, exactamente el 19 de febrero de 1985, y si hoy la cuento es porque creo que puede ayudar a reflexionar a más de uno sobre aquello que, desde una visión miope y simplista, se suele tomar como casualidades de la vida; como si la casualidad tuviese inteligencia y voluntad propia.

Esta es la historia

Para mi amigo aquel viaje era “muy importante”. Así me lo había confesado poco antes de tomar el tren que lo llevaría a Madrid, para desde allí, al día siguiente, viajar en avión hasta Bilbao.

Esa misma noche, en la habitación del hotel donde se hallaba hospedado mi amigo, tras ordenar y repasar su equipaje, para no perder un minuto al día siguiente, apagó la luz sumiéndose en un desapacible duermevela.

Al mañana siguiente se levantó antes del amanecer, comenzando la jornada con una serie de pequeños percances, tales como mancharse la camisa de café durante el desayuno, teniendo que volver a cambiarse de ropa. A partir de ahí, el trayecto desde el hotel hasta el aeropuerto de Barajas, se convirtió en una auténtica yincana salpicada de tropiezos, así como de eso que frívolamente denominamos “desgracias”, sin pararnos a valorar lo que de verdad es una desgracia.

Entre otros percances del accidentado trayecto, destacar que el primer taxi al que mi amigo subió, pinchó una rueda; el segundo sufrió una avería de motor que le obligó a tomar un tercer taxi que al poco de arrancar, ¡oh casualidad!, pinchó otra rueda. Finalmente cuando pudo llegar al aeropuerto, el vuelo a Bilbao había despegado.

Al final, dado por perdido el viaje, decidió tomar el próximo tren para regresar a Valencia; y así lo hizo.

Nada más llegar a la modernista estación del Norte, me llamó, procediendo a narrarme su mala suerte… Tras escucharlo pacientemente, le conté yo la noticia que habían dado por televisión en  el telediario de mediodía:

“Esta mañana, el Boeing 727 de la compañía española Iberia, «Alhambra de Granada», que realizaba el vuelo regular 610 (IB-610) entre Madrid y Bilbao, ha chocado con la antena de Euskal Telebista, instalada en el monte Oiz, durante las maniobras de aterrizaje. Han fallecido las 148 personas que viajaban a bordo.”

El accidente fue especialmente sonado mediáticamente al encontrarse en dicho vuelo el que fuera ministro de Industria y de Asuntos Exteriores durante el franquismo, Gregorio López Bravo, fallecido en el siniestro; sus restos no pudieron ser identificados. Salvó la vida el que sería futuro  ministro de Hacienda y Justicia con Adolfo Suárez y de Exteriores con Felipe González, Francisco Fernández Ordóñez, porque renunció a última hora a tomar ese vuelo.

Si algo me ha demostrado la vida es que, amén de la existencia de los ángeles de la guarda, no existen las casualidades, sino las causalidades.

Cuando las cosas no te vienen de cara, mejor no insistir; lo digo por experiencia. Una, vale; dos también; pero piénsatelo dos veces antes de intentar saltar la misma barrera por tercera vez.

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