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En el día de la madre

No hay título mayor que el de madre

Todo en esta vida tiene un porqué, aunque no siempre seamos capaces de comprenderlo, más que a toro pasado

Antonio Gil-Terrón Puchades 02 May 2022 - 06:41 CET
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En contra de lo que algunos piensan, el Día de la Madre no es un invento del Corte Inglés, centros comerciales y demás grandes almacenes, sino que su antigüedad se remonta a siglos antes del nacimiento de Cristo.

Posiblemente su conmemoración sea una de las más antiguas y universales de la Historia de la Humanidad. Una celebración que ni tan siquiera la actual voracidad comercial, con su plasta y machacona publicidad, ha sido capaz de deslucir tan merecido homenaje.

Mi más emotiva felicitación a todas las madres del Mundo, pero no sin dejar de recordar que el parir no da la condición de madre, sino la crianza, educación, sacrificio, cuidados sin límite, angustia y sufrimiento de por vida, de y por los hijos

He visto en madres adoptivas, madres al fin y al cabo, un amor y entrega muy superior al de algunas madres biológicas. Ello por no nombrar a todas aquellas que no solo no merecen el título de madre, sino que ni tan siquiera son dignas de ser llamadas mujer; a estas últimas, mis más sinceras náuseas.

¡FELIZ DÍA, MAMÁ!

Todo en esta vida tiene un porqué, aunque no siempre seamos capaces de comprenderlo, más que a toro pasado.

Conocí muy directamente (demasiado) el caso de una buena mujer que desde que perdió a su marido, no deseaba otra cosa que morir para poder reunirse con él.

Así pasó los últimos treinta años de su vida, sin tener el mínimo interés por salir de casa, viajar, o mantener un círculo de amistades que le hiciesen más cortos el paso de sus interminables días de soledad buscada.

Ni tan siquiera sus nietos y bisnietos, fueron capaces de motivarla. Ella, simplemente vivía, o sobrevivía, al tiempo que rogaba todos los días a Dios que la llevase junto a su amado esposo.

Cuando llegó el día en el que finalmente cumplió su sueño, es cuando por fin comprendí, o mejor dicho, me fue revelado, el porqué de su forzada permanencia en el Mundo. Había una poderosa razón, y la razón era yo, aunque ni ella ni yo lo supimos hasta después de su postrera partida.

Si no hubiese sido por la dependencia emocional y material que mi madre tuvo de mí durante esos treinta años, seguramente yo hubiese cometido alguna tontería. Motivos no me faltaron, pero siempre me frenó el pensar en la puñalada emocional que se hubiera llevado mi madre si a mí me hubiese pasado algo. Aún recuerdo su voz diciéndome:- ¡Toni, hijo, si a ti te pasa algo, yo me voy contigo!

Su misión, sin saberlo ella, fue la de empujarme a vivir; y lo consiguió.

Sé que aún estando muy lejos, sigues junto a mí; feliz día, mamá…

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