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Aunque camine henchido como un pavo, hable como un pazguato y mienta como un bellaco, puede que no sea un pato. Puede ser un ornitorrinco. Basta verle caminar para, sin necesidad de distinguir el animal, saber que es tonto.
Pero aún lo es más el pueblo que para su sonrojo y bochorno sostiene a este equilibrista mamífero del Estado, ave de Falcon y reptil de ciénaga que se arrastra petulante y afectado en perjuicio del interés general.
El ornitorrinco pasa el tiempo nadando solo hasta la ribera del hemiciclo aplaudido al unísono por perritos piloto y muchecas chochonas que no encontrarían acomodo ni en el pim pam pum de una tómbola de feria.
«El ornitogilito», la cría del ornitorrinco, se desliza con la timidez de los listos escaño abajo, apocopado ante la Olona, mientras Farruquito se explica cantando y Adriana Lastra insulta a las inteligencias que observan calladas lo alto que estas puris han llegado y lo bajo que han caído, repitiendo como cacatúas una palabra que no saben explicar: Ultraderecha.
El caso es que al pueblo español parecen sobrarle ya estos mamíferos que entretienen los descansos de la guerra en Europa haciendo macramé, mientras los enemigos de España lloran por las escuchas y piden más compango.
El problema del ornitorrinco es que si un ejemplar está poseído por el demonio se llama a un exorcista. Pero ¿a quien llamas si el mamífero está poseído de sí mismo, reparte subvenciones y le echan agua bendita los que viven de su asignación mientras intenta caminar como si levitara un palmo del suelo?
El único consuelo es que aquellos que están persuadidos de ser inteligentes sin serlo, como el ornitorrinco, -un oportunista vacío con muchísimo atrevimiento y muy escaso fundamento,- estan condenados a ser víctimas de sí mismos.
¿Cómo es posible que a un funambulista con cien gramos de jamón york, que ha mentido tanto al pueblo, puede escapársele del cerco de los dientes «el interés general», que es lo que jamás ha tenido en cuenta este sectario gobierno.
En circunstancias normales esto lo condenaría al ostracismo pero para gobernar entre los ornitorrincos basta ser menos tonto de lo que los demás piensan y más de lo que uno cree.
Por eso ¿cómo algunos que quieren destruir un Estado de derecho con su Constitución, su monarquía y todo, y lo han intentado, «a sangre, golpe o fuego,» pueden hacer creer que ese Estado no tiene derecho a defenderse de quien manifiesta a todas horas su intención de destruirlo o disolverlo?
Tiene razón Leo Harlem con el ornitorrinco.
¡Qué animal es ese! Si lo metes en el horno con Bildu, Podemos, Maduro y los separatistas, y luego con Argelia, Marruecos, EEUU y Putin, revienta hasta la pirólisis.
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