Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Vertiginoso

‘La gauche divine’ y la conjura de los fumados

La humanidad pasó del geocentrismo, al heliocentrismo, para terminar cayendo, una pequeña parte de ella, en el egocentrismo de su propio ombligo

Antonio Gil-Terrón Puchades 22 Oct 2023 - 06:01 CET
Archivado en:

Más información

En algún lugar…

En 1976 el catalán especialista en OVNIS, Andreas Faber-Kaiser, publicaba su libro “JESÚS VIVIÓ Y MURIÓ EN CACHEMIRA”, en el que cuenta (de cuento) una historia construida a base de medias verdades [que suelen ser las peores mentiras], afirmando que Jesucristo no murió en la cruz sino que sobrevivió a ella, y que una vez curado de las heridas, huyó cobardemente de Judea como alma que lleva el diablo, para acabar escondiéndose en Cachemira [India], en donde comenzaría una nueva vida, falleciendo -a edad muy avanzada- de muerte natural.

El libro fue recibido -con gozo poco disimulado– por la “gauche divine”, a la cual le faltó tiempo para hacerle la ola y darle la cobertura mediática necesaria para que el cuento del especialista en marcianos y platillos volantes, pronto se convirtiera en un best-seller.

De lo que se trataba, al fin y al cabo, era de desprestigiar la figura de Jesucristo, en particular y de la Iglesia Católica en general, empleando para ello, sin el menor pudor, cuantos medios fueran posibles para marear y marranear sobre la figura de quien dio al mundo el más bello mensaje de amor y fraternidad; un mensaje revolucionario que nadie ha sido capaz hasta la fecha de igualar y que molestó –y por lo que se ve aún molesta- a muchos.

El incendio mediático provocado por Faber-Kaiser, se apagó por sí solo, con la esperpéntica ayuda de una auténtica legión de ladinos plumillas espabilados que, a la sombra del irreverente best-seller, quisieron hacerse ricos y famosos a costa del nombre de Jesucristo, publicando cada uno su versión, a cuál de todas más  disparatada, sobre la “auténtica” historia de Jesús de Nazaret.

En la actualidad, y una vez pasado el sarampión y el negocio de explotar la figura de Jesús, la moda ahora consiste en negar su existencia histórica. Vamos, lo que vulgarmente se conoce como “negar la mayor”.

Se da, además, la paradoja de que muchos de los fumados que aplaudieron y hasta ganaron dinero dando charlas y  sesudas conferencias sobre “la vida secreta de Jesús en Cachemira”, encomian ahora – sin el mínimo rubor – la tesis que pregona que Jesucristo nunca existió. ¿En qué quedamos?

Lo bien cierto es que aquellos que vivieron la Pasión, Muerte, y Resurrección del Mesías, dieron testimonio con sus vidas en el martirio, que Jesucristo era realmente  el Hijo de Dios. Y el cristianismo comenzó a crecer como la espuma, en un mundo en el que no existían, ni emisoras de radio y televisión, ni buzoneo, ni imprenta, y – por supuesto – tampoco Internet con sus redes sociales. Pero a pesar de ello, el “milagroso” crecimiento del cristianismo fue sorprendente, con el valor añadido de haberse conseguido a base de ir los discípulos del Nazareno, casa por casa, aldea por aldea, pueblo por pueblo, ciudad por ciudad, tragando polvo y a golpe de sandalia; sin libros ni folletos que repartir, sino tan solo predicando la Palabra, con la Fe escrita en la mirada, la Esperanza esculpida en el rostro, y la Caridad demostrada en cada acto.

¿Cómo pudo crecer tan vertiginosamente una filosofía que predicaba el amor a los enemigos, el repartir los bienes propios con los más necesitados, y que además acarreaba, para aquellos que se convirtieran, el riesgo más que cierto, de ser ejecutados entre atroces tormentos?

Claro, que -según cuenta la tradición- hicieron “trampa”, ya que acompañaban la predicación de la Buena Nueva, con milagros, y el mayor de ellos era el de la fe que les daba la fuerza necesaria para enfrentarse  a la muerte con alegría. ¡Cómo no iba a crecer, así, el cristianismo!

Porque lo cierto es que pruebas científicas de los milagros realizados por los Apóstoles no existen, como tampoco las hay de los realizados por Jesús, pero lo que sí que tenemos es el testimonio de sangre de aquellos que los presenciaron y que avalaron con sus vidas lo que habían visto, tal como ocurrió con la ola de nuevos cristianos que florece en Roma, a raíz de la presencia en dicha ciudad de Pedro y Pablo.

Las torturas, y ejecuciones a las que fueron sometidos los ciudadanos romanos convertidos al cristianismo, fueron recogidas y registradas para la posterioridad, por el historiador pagano Tácito, en su obra «ANALES DEL IMPERIO ROMANO; concretamente en el Libro Decimoquinto, Segunda parte,  capítulo XLIV».

Y ahora pregunto yo: ¿Quién es capaz de sacrificar voluntariamente su vida entre atroces tormentos, por defender una mentira? ¿Un loco?

Pues la “locura” del cristianismo se expandió como una epidemia, para acabar convirtiéndose en pandemia. Una pandemia que en la actualidad cuenta en el mundo con 2.200 millones de “infectados”, entre los que – felizmente – me encuentro; a Dios gracias.

La verdad es que no está nada mal tener DOS MIL TRESCIENTOS MILLONES de seguidores, para alguien que “según algunos” nunca existió.

¡A ver qué inventan la próxima vez! Seguramente será que Jesucristo era ateo; o marciano; o vikingo; o que las catacumbas de Roma nunca han existido; o… ¡vaya usted a saber!

La humanidad pasó del geocentrismo, al heliocentrismo, para terminar cayendo, una pequeña parte de ella, en el egocentrismo de su propio ombligo. Y es que los porros acaban pasando factura y se fumigan las neuronas que es un primor, y a ésas ya no las resucita ni un milagro; especialmente cuando el ´fumado ´ carece de fe.

Más en Columnistas

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

CONTRIBUYE

Mobile Version Powered by