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Hay quien afirma ex cátedra y con la seriedad del burro, que difícilmente podemos aprender si no es a base de cometer errores.
De hecho, las bibliotecas están llenas de citas de famosos ensalzando los errores propios, como madre de toda sabiduría.
Pues bien, un servidor, desde bien jovencito, ha aprendido mucho de los errores; pero no de los propios, sino de los ajenos, lo cual me ha evitado, amén de cicatrices, tropezar con muchas piedras.
Se trata -simplemente- de observar con detenimiento nuestro alrededor y aprender de los errores de los demás, pero sin sufrir sus consecuencias en nuestra propia carne.
Eso es lo inteligente, digan lo que digan las boutades de los célebres pensadores, o la opinión de la calle representada en ese ´saber popular´ de boina y botijo, ya que aprender a base de golpes, en poco nos diferencia de los burros y resto de animales irracionales. Creo yo.
Tal vez no podamos conseguir que nuestros hijos aprendan de nuestros errores, pero no estaría de menos que les trasmitiésemos de alguna manera, la presente reflexión:
La sabiduría inteligente no es la que se consigue cometiendo errores y pagando las consecuencias, sino observando los errores que cometen los demás, y tomando buena nota del precio que han tenido que pagar por ellos.
Y ello hablando a nivel personal, individual, porque si lo hacemos a nivel colectivo, sería bueno recordar aquello tan oído, pero tan poco meditado, que reza: AQUELLOS PUEBLOS QUE OLVIDAN SU HISTORIA, ESTÁN CONDENADOS A REPETIRLA.
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