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Hace ya algunos años, tras ver el espectáculo de Riverdance me vino a la memoria el día que se me ocurrió, temerariamente, pedir en Londres una ´auténtica paella valenciana´ en un restaurante tailandés, propiedad de un ruso.
El cocinero -según pude averiguar posteriormente cuando salí del hospital- era turco, y el portero, también de importación, un armario ´made in Harlem´, 2×2, al que costaba el mismo esfuerzo, saltarlo que rodearlo.
Por hacerlo corto les diré que la ´auténtica´ paella valenciana que me sirvieron era algo parecido al resultado de llenar un recipiente con lo expelido, oral y analmente, por los convidados a un bufete barato y variado, a los que tras hartarse de engullir, hasta alcanzar el nivel campanilla, se les sirve -tras el postre- un café con sal y bastante ´tocado´ -a modo ´carajillo´- con un potente laxante de marca blanca.
Lo cierto es que me pasé cuatro pueblos, y que de toda aquella historia, lo único satisfactorio fue que amortice mi seguro médico privado.
La comparación con la danza de Riverdance, es tan solo por el pupurri de ingredientes, musicales y coreográficos, que los creadores han embutido en su espectacular baile.
Así podemos ver desde unos descarados toques flamencos a ritmo de tamborada; algo de picante Can Can parisino, mezclado con pases de jota aragonesa, y todo ello adobado con un punto tirolés y algo del ´fascistoide´ estilo de los desfiles del extinto ejército soviético. Vamos, ¡la leche! Es una pena que no hayan cuidado un poco la estética (vestuario, peinados, estaturas) de un conjunto que recuerda un poco, por su fresca disparidad, al ejército de Pancho Villa.
La lista de referencias folclóricas que hay en esta macedonia de ´muslámenes binarios´, podría ser interminable, así que cada uno -cuando lo vea- que saque sus propias conclusiones, si el ´pedo´ visual se lo permite.
Justo es decir que al igual como la paella del turco era para metérsela por vía rectal al cocinero, con asas y todo, el espectáculo de Riverdance es digno de ver, ya que el ritmo y maridaje que han conseguido en su popurrí es espectacular. Algo así como la foto de familia de los que votaron la última investidura de Sanchinflas, pero con más estética y cadencia.
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