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26 años del asesinato de Alberto Jiménez-Becerril y Ascensión García a manos de ETA

¿Cómo va a atentar ETA en Sevilla?

Si vivieras les plantarías cara a quienes llevan terroristas en sus listas y ponen fotos de tu asesino en las fiestas del pueblo

Teresa Jiménez Becerril 01 Feb 2024 - 06:55 CET
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Mi querido Alberto, parece que fue ayer cuando supe que mirabas los bajos de tu coche y a mi pregunta de si tenías miedo, me dijiste con esa sonrisa tuya que no me preocupara, que tú eras el ochocientos en la lista. Nunca supe si lo decías para tranquilizarme o verdaderamente te sentías a salvo. ¿Cómo va a atentar ETA en Sevilla? Imposible, me repetía, y seguía con mi vida en la que la palabra tragedia no tenía cabida, hasta que el terrorismo me partió el alma.

Y sí, Alberto mío, contra todo pronóstico y sin contar con lo que tú y yo pensábamos, los terroristas no respetaron el primero de los derechos y acabaron con tu vida y la de tu mujer bajo la ventana del Palacio arzobispal, cerquita de la Virgen de los Reyes, que no pudo protegeros y por eso llora cada treinta de enero, cuando en su capilla celebramos la misa en vuestro recuerdo. Y después de rezar por vuestras almas, que ya están a la vera de Dios, caminamos lentamente, o al menos así lo hago yo, porque no quiero llegar a esa esquina maldita de la calle Don Remondo donde una placa me recuerda que allí te mataron a ti y a Ascen.

Este año se cumplen veintiséis años de tan cruel asesinato y me parece que fue ayer cuando llamaron de madrugada a Italia, donde vivía, para darme la brutal noticia. No me lo creí entonces y sigo sin creérmelo hoy. ¡Alberto, Ascen, nooooo, imposible! Yo solo quería llegar a España y que alguien me despertara de esa pesadilla de ojos abiertos, pero llegué y nadie lo hacía, solo me abrazaban y lloraban y mi esperanza se esfumaba entre abrazos y llantos. No fue un sueño malo, fue una trágica vigilia que cambiaría nuestras vidas.

Todo tiene un antes y un después de «lo de Alberto» como yo me refiero a tu asesinato, esquivando el dolor. Es como una línea invisible que nos marca el tiempo y el valor de las cosas. No me acostumbro a vivir sin ti, Alberto, sin ver esos dos ojos verdes, sin escuchar tu voz que se me olvida. La Semana Santa no es igual sin ver pasar San Benito a tu lado en el palco del Ayuntamiento, mientras presidías porque era tu hermandad, la que lleva el nombre de la calle en que nacimos.

Me rebelo al no poder vivir la feria contigo, bailando en nuestra caseta de la calle de mi padrino, Gitanillo de Triana. ¡Que yo quiero ir de tapas contigo, Alberto, que yo no quiero celebrar el aniversario de tu muerte! ¡Que malditos sean quienes me quitaron una parte de mí y me dejaron temblando en la esquina de la vida! Que yo no quiero temblar cada 30 de enero en la última calle que pisaste mientras veo tu casa al fondo, a la que nunca llegaste y donde te esperaban Ascen, Alberto y Clara, que sólo tenían ocho, siete y cuatro años.

Que yo no quiero ver a mi madre darle un beso a tu foto cada noche, que yo quiero que te lo dé a ti. Que yo no quiero que seas un héroe de la democracia, que yo quiero que seas el concejal, el diputado o el presidente que querías ser y poder seguir discutiendo contigo de política, como cuando era una chiquilla escorada a la izquierda y a la que tu llamabas «residuo del 68». Que no te correspondía morir Alberto, ni tampoco a Ascen, ni a las casi novecientas personas que ETA se llevó por delante. ¡Que no hay derecho! Como tampoco hay derecho a que las víctimas tengamos que soportar los inmerecidos homenajes a los terroristas que os asesinaron, ni las injustas manifestaciones de miles de personas pidiendo las excarcelaciones de quienes decidieron que ni tú, Alberto, ni tu mujer Ascen, volvierais a ver a vuestros hijos, ni a llevar a tus hijas al altar, ni a jugar con tus nietos. A veces pienso dónde habrías llegado si no te hubieran quitado la vida y me pregunto qué piensas tú de esta España de hoy, donde hay sitios en los que los terroristas son mirados con más simpatía que sus víctimas y donde existe un partido político que no condena los crímenes de ETA, por supuesto tampoco el vuestro.

Conociéndote imagino que si vivieras les plantarías cara a quienes llevan terroristas en sus listas y ponen fotos de tu asesino en las fiestas del pueblo. No te preocupes, Alberto, yo nunca voy a dejar de denunciar tanta infamia. Te costará creer lo que estamos viviendo; el partido de Gobierno pactando con los herederos de ETA y pagando con vuestra sangre y el dolor de todos los españoles. Me dirás que cuando mataron a Miguel Angel Blanco, España entera salió a la calle con sus manos blancas y tú organizaste la manifestación en Sevilla en la que todos estábamos unidos contra el terrorismo. Pues hoy, Alberto, son pocos los jóvenes que saben quién era ese muchacho de Ermua y lo desconocen porque hay que borrar la memoria, sobre todo la que no interesa, porque un puñado de votos valen más que miles de vidas rotas. Porque eso es lo que hizo ETA, hacer añicos vuestras vidas y rasgar el corazón de España que lloraba con cada atentado. Y por eso a ETA no le debemos nada por dejar de matarnos, son los asesinos y quienes los apoyaban quienes nos deben todo.

No quiero ponerte triste, Alberto, por eso te digo que, aunque nos quieran callar y humillar, vendiendo al mejor postor la unidad de la nación, la libertad, la democracia, y todo aquello por lo que tú y tantos inocentes fuisteis sacrificados, no lo van a conseguir. Debemos impedirlo, porque, aunque no me avergüenzo de ser española, jamás, sí lo hago de la situación de mi país, de la marea de indignidad y deslealtad que han provocado quienes debían velar por esta España nuestra, la que te vio nacer, Alberto, y la que tristemente te vio morir por ella. Hoy más que nunca necesitamos personas como tú, Alberto, para iluminar este presente que los españoles estamos viviendo entre la oscuridad, la impotencia y la pena honda.

A mí me guía tu ejemplo, por eso no pierdo ni la valentía ni la esperanza

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