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Bocachancla Bergoglio

Alma y fecundación in vitro

Escarmentada de su largo historial de patinazos y ridículos históricos

Antonio Gil-Terrón Puchades 03 Feb 2024 - 05:43 CET
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El ‘Puchigate’

El problema con que se encuentra la IGLESIA CATÓLICA, en el tema de la biogenética, es que por mucho que revuelva en las doctrinas de San Agustín de Hipona, o en la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, que es el “vademécum” en donde acuden los curas cada vez que se sienten perdidos, no van a hallar el argumentario necesario, para poder contestar a la realidad de unos hechos tozudamente ciertos.

Tan sólo las teorías que sustentan las técnicas que hoy en día se emplean en los laboratorios para crear vida de modo ´anti-natura´, hubiesen sido consideradas, no hace mucho, como blasfema herejía, castigada con la muerte en la hoguera. Y hablamos tan sólo de la teoría, imagínense si lo que se hubiese juzgado entonces hubiese sido los resultados prácticos de dichas teorías, porque entonces ya no se hubiese hablado de herejía, sino de satanismo, de obra del diablo; y la criatura nacida víia laboratorio, hubiese sido considerada como una cría del demonio, por lo que habría acabado, en la misma pira, la criatura, el científico, el donante del semen, y la propietaria del óvulo, junto con un señor de Murcia que pasaba por allí.

Hoy en día, a excepción del bocachancla Bergoglio, la Iglesia, cuando de ciencia se trata, habla con boquita pequeña, tal vez escarmentada de su largo historial de patinazos y ridículos históricos tales como los habidos con Nicolás Copérnico, Giordano Bruno, o Galileo Galilei. Ahora el discurso se limita a condenas verbales [que personalmente comparto] pero sin medir demasiado las palabras utilizadas.

En este orden de cosas, el Papa Juan Pablo II, el 31 de noviembre de 1993, en la Plaza de San Pedro, criticó los experimentos científicos que están orientados a manipular la vida humana, mostrándose profundamente preocupado sobre las investigaciones ilícitas e inquietantes que violan las normas éticas y menosprecian la dignidad humana alegando que, «muchas cosas cambian en el hombre y su entorno, pero su naturaleza no puede ser alterada».

A esta frase, del hoy beatificado Juan Pablo II, un servidor añadiría que si «la naturaleza del hombre no puede ser alterada», ¿de qué se preocupa la Iglesia? Qué más da lo que hagan los científicos, si no van a poder cambiar nada. ¿O sí?

Por otro lado, dos meses después, concretamente el 2 de febrero de 1994, el Papa Juan Pablo II, hizo pública la denominada “Carta a las Familias”, en la que dijo que «el origen del hombre no se debe sólo a las leyes de la biología, sino directamente a la voluntad creadora de Dios».

Pues lo mismo, si Dios no quiere, las leyes de la biología y su manipulación científica, no tienen nada que hacer. Luego no hay por qué preocuparse, digo yo.

En cuanto a lo que opina el papa Francisco, lo sabremos cuando termine de estudiar la cuestión, a la luz del catecismo de la ´Agenda de Colorines 2030´. En cualquier caso, guste o no, lo que no se puede obviar es que el 25 de julio de 1978, nació Louise Joy Brown, el primer bebé probeta de la Historia de la Humanidad.

NOTA: El presente texto, a excepción de las referencias al papa Francisco, está extraído del libro “EL VELO RASGADO”, A. Gil-Terrón Puchades, Valencia, 2012., ISBN: 978-84-615-9002-5.

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