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Shalom, Fernando:
El martes se cumplirán veintiocho años de tu asesinato.
Los detalles del crimen son conocidos.
Tu viuda y tus hijos sabemos quiénes lo indujeron; quiénes lo prepararon; quiénes se emboscaron en aquel portal para abordarte en la calle; sabemos quién disparó, quién ayudó en la huida y dónde se escondieron después durante días.
Sabemos también qué pensaban todos ellos: delirios totalitarios, violentos y racistas.
Eso era ETA.
Sólo ingenuos y malintencionados buscan elevados ideales en los miembros de la banda, cuando en realidad sólo eran matones con pistolón.
Debemos celebrar la derrota de los criminales, pero a todos debe sonrojar que los jóvenes españoles casi hoy no sepan que en España, hasta hace pocos años, una organización terrorista conspiraba contra la democracia y asesinaba a quienes la defendían.
Mientras, los herederos de los criminales tratan de maquillar ese pasado pisando moquetas oficiales.
No me adorno en palabras ni oculto a quién me refiero: me refiero a Bildu.
Debemos llamar a las cosas por su nombre y a los impostores por los que son; vaya esto también para los que regalan alcaldías, como la de Pamplona, y luego esconden la cabeza.
Con todo, mi familia debe sentirrse afortunada: la ley cayó sobre los criminales, con nombres y apellidos.
Pero hay casi cuatrocientas familias españolas que lo ignoran todo sobre los asesinos de los suyos: no saben quién disparó, quién colocó los explosivos, quién ordenó cada crimen, quién lo organizó.
La sociedad española debe arropar a esas familias y el Estado debe intervenir, agotando las investigaciones hasta dar con los responsables, o al menos intentarlo.
Que lo último sean legajos perdidos en estanterías y pasillos de la Audiencia Nacional.
Fernando: tu viuda y tus hijos reclamamos atención durante unos minutos, una vez al año.
La frialdad de este cementerio se multiplica por la frialdad de lo que encierra: cadáveres agujereados por el plomo de los profetas de la persecución.
Entre esos cadáveres, aquí enterrado, el de Gregorio Ordoñez.
Lo traemos siempre a la memoria y reivindicamos lo que hoy los sectarios temen: Fernando y Gregorio, tan distantes en siglas e ideologías, se respetaron mutuamente.
El sectarismo tiene perforados los partidos políticos en España y es su peor cáncer: levas de mediocres han copado cargos y puestos, y han hecho del insulto su único instrumento de acción; no guardan siquiera las formas, y en su ramplonería pretenden que los ciudadanos estemos pendientes de su simpleza.
El Gobierno de la Nación no es ajeno a lo que digo.
Tiempo de amnistía y de naipes en la manga: los delincuentes ofrecen sus votos a cambio de las llaves del BOE; por el camino insultan y amenazan a jueces.
Con los delincuentes pactan el Partido Socialista y su secretario general, Pedro Sánchez, aclamado por los suyos como si de un líder espiritual se tratara, aunque todo apunta a un suicidio político colectivo.
No habrá disculpa para quienes primero olvidaron deliberadamente su pasado, creyeron después poder conducirse con nacionalistas reaccionarios, y han terminado disparatando, llamando «fachas» a los españoles opuestos a sus vías.
Nada nuevo en Pedro Sánchez.
Su vocación divisiva lo devorará, y suerte tendremos si no se nos lleva a todos por delante.
San Sebastián, la ciudad más castigada por ETA: noventa y cuatro asesinatos en sus calles.
Traigo también la memoria del amigo, José María Calleja, va para cuatro años sin él.
Su descripción no admitía réplica: «San Sebastián es una inmensa tarta, llena de sangre».
Oleadas de turistas se asoman cada día a La Concha, testigo de la persecución que muchos vecinos padecieron durante décadas; discriminados, además, por un régimen nacionalista vasco implacable, que todo lo más cruzaba los brazos y apelaba a estar callados.
Fernando y tantos otros fueron asesinados precisamente por eso: por no callar.
Optaron por la denuncia pública de los criminales y de la atmósfera de complicidad que los arropaba, donde cabía de todo, obispos incluidos
La viuda y los hijos de Fernando Múgica convocamos cada año este ejercicio de memoria.
Y a los que preguntan qué pensaría hoy Fernando, mi familia contesta que no lo sabemos.
Pero sí sabemos lo que pensaba Fernando cinco minutos antes de ser asesinado, pues eran sus principios: no puede haber complacencia con quienes levantaron las armas contra ciudadanos indefensos, ni con quienes intentaron derribar la democracia desde sus inicios más frágiles.
Tampoco con sus herederos.
Muchas gracias
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