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Y vimos pasar a los ángeles, como cada día al atardecer; lejanos y majestuosos; altivos y distantes de nuestra mundana pequeñez.
Y al mirar Cielo lejano, empezamos por fin a comprender que en realidad nunca fuimos más que frágiles criaturas, mitad ángel, mitad demonio; los hijos salvajes de un Dios de Amor que en nuestra soberbia, nunca quisimos entender.
Criaturas orgullosas y obstinadas que -en su libertad- caían y se levantaban, para de nuevo tropezar, para de nuevo caer, y en cada caída descubrir nuevas cimas que escalar; nuevas metas que alcanzar, nuevas vidas que morir… nuevas muertes que vivir, nuevas batallas que librar, y en cada una de ellas, vislumbrar la oculta razón de nuestro existir, algo tan triste como pelear por sobrevivir un día más.
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