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Salvo honrosas excepciones, pocas, los padres putativos de la patria, sus señorías, nos marranean a diario nuestro frugal desayuno, enchufando sus respectivos ventiladores para así difuminar sus propios excrementos y responsabilidades.
Nos matan a diario, la esperanza, la ilusión, y las ganas de emprender nada que no sea correrlos a garrotazos. No tienen límite en su torpe desfachatez, y mientras tratan de sobrevivir encaramados en su castillo de naipes, nos azotan los oídos, una y otra vez, con su coral polifónica de rebuznos destemplados; con sus lerdos discursos pedagógicos… con sus palabras muertas.
Se han convertido en una casta, y harán lo imposible por no bajarse del carro, máxime ahora que con su ineptitud han dejado a España hecha unos zorros, y ponerse a buscar trabajo se ha convertido en una misión poco menos que imposible, amén de que personalmente no han dado ´palo al agua´, en su puta vida.
Para la tropa, su destino natural -y en ello están- será encontrar un lugar bajo el sol de la Administración Pública, desde donde poder seguir mamando vitaliciamente de los pezones del Estado; pero lo malo no es solo eso, sino que además, por el camino, nos han ido enchufando a sus esposas, maridos, hijos, cuñados, y sobrinos, convirtiendo el suelo patrio en una auténtica orgía endogámica bananera. De los otros, los mandamases, enchufarse en algún organismo internacional será el chiquero deseado donde seguir marraneando de por vida.
Los israelitas durante su travesía por el desierto, al menos tuvieron el ´maná´ que les iba cayendo del cielo; sin embargo, los españoles, llevamos ya demasiado tiempo bajo un cielo con diarrea.
¿Indignado? ¡No!… ¡Más bien hasta los cojones!
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