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“Del ayer contra el hoy”

Luis XIII… y medio

Luis González 04 Sep 2024 - 06:31 CET
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La España de los cincuenta/un recuerdo, apenas, es./Ya estamos en el “después”/¡Y casi sin darnos cuenta!

Decía ayer que, dado el ritmo cada vez más veloz al que crecen nuestros conocimientos, nuestra tecnología, nuestros recursos todos, el mundo en el que nacemos, en el que damos los primeros pasos, el que ha de forjar nuestra personalidad, nuestro carácter, será muy diferente al que nos va a tocar vivir sólo unas décadas después. Y no resultará fácil adaptarnos a él; peor aún: para las generaciones que a partir de ahora se vayan sucediendo, la brecha será mayor cada vez. La poco tranquilizadora pregunta surge de inmediato. ¿Llegará, acaso, un momento en el que el cambio sea tan enorme que la adaptación se hará ya imposible? ¿Qué sucederá entonces?

Interesante cuestión, hoy sólo tratada, como de costumbre, por algún que otro escritor de ciencia-ficción. Que al final, y no es casualidad, suelen ser los que más aciertan a la hora de predecir el futuro.

Para intentar mostrarles esta inquietante cuestión, voy a describir, a través de algunos datos, cómo era la España de mi infancia y primera adolescencia, la de los años cincuenta; caracterizada, fundamentalmente, porque la televisión, que comenzó a emitirse aquí a mediados de la década, estaba todavía muy lejos de la enorme influencia actual; la informática daba entonces sus primeros pasos. Se veía venir el enorme cambio que, a partir de ella, iba a sufrir el mundo; pero como algo, de momento, más que lejano.

Vean una primera diferencia: entonces, el día grande para los bares era el domingo; se trabajaba los otros siete de la semana y ese único día de fiesta, las familias, fueran o no a Misa, solían pasear el barrio para hacer un alto en cualquiera de sus muchos bares y saborear una fresca caña de cerveza para papá, tal vez vermut para mamá, refrescos para los niños y, en el colmo de la lujuria, saborear una suculenta ración de gambas a la plancha.

Hoy, por el contrario, el domingo suele ser el día elegido por la mayoría de los bares para cerrar; por falta de clientes, lógicamente.

Tuve familia en un pueblo de Palencia, situado en plena Tierra de Campos. En aquellos tiempos, las visitas eran un ritual de obligado cumplimiento; no faltaba un juvenil grupo de teatro que ofrecía al respetable un mínimo de dos funciones al año; los más musicales habían formado una rondalla que paseaba el lugar las noches vísperas de fiesta, rondando a las mozas del lugar.

Y no era, el mío, un pueblo especial por diferente; los que pude conocer por aquella época ofrecían todos semejantes actividades.

Hoy, se visita poco o casi nada, apenas quedan compañías teatrales de aficionados y, no digamos, rondallas.

Los guateques eran una agradable costumbre para que la juventud pudiera relacionarse. En el domicilio que correspondiera, la víspera, el anfitrión y familia preparaban, ilusionados, bebida, generalmente una especie de limonada con frutas y, no siempre, algo de alcohol, y, también, comida: tortillas, quesos, embutidos, algún dulce…

Las tardes de domingo, pues, se merendaba y se bailaba en alegre y ruidosa algarabía.

Hoy, las discotecas, aunque puedan parecer algo similar, no lo son en absoluto.

La familia de mi cuñado vivía en la madrileña Calle de La Palma. Las Nocheviejas, todas las puertas del inmueble permanecían abiertas; era costumbre que vecinos e invitados las recorriéramos todas para degustar, en cada una de ellas, los correspondientes turrones y bebidas.

A partir de cierta hora, todo se concentraba en una planta. Sonaba música y bailábamos o, en grupos, se charlaba… y se seguía comiendo y bebiendo.

Al llegar el buen tiempo, todos los vecinos organizaban una excursión, generalmente, al Alberche. La víspera, las señoras cocinaban tortillas a destajo y, los hombres, cortaban embutidos, quesos y preparaban la bebida.

Llevo más de cuarenta años viviendo en mi piso actual. Hace poco falleció una vecina, también veterana en el edificio. Al leer la nota en la portería, con sólo su nombre, fui incapaz de identificarla. Necesité más datos.

No había barrio madrileño sin, al menos, un par de salas de billar; casi todas tenían, además, unos cuántos futbolines y, las más lujosas, hasta mesas de ping-pong.

Eran, al caer la tarde, el centro de reunión de la juventud; los que estudiábamos, porque, desde el fin de las clases hasta la hora de la cena, disfrutábamos de un par de horas libres y allí coincidíamos con los que ya trabajaban, ellos con un parecido horario fin de jornada.

No sólo se jugaba. ¡Pobres de nosotros, una peseta costaba cada partida de futbolín y, si entre toda la pandilla, reuníamos tres o cuatro, aquél se convertía en un día muy  especial!

Sobre todo, se charlaba, se discutía… Eran los billares, todo un centro social.

Hoy, según tengo entendido, no queda ni uno en Madrid.

Tampoco había barrio sin, al menos, un par de cines de sesión continua. Abrían a primera hora de la tarde, daban dos películas al día, programación que solía cambiarse semanalmente. El pago de la entrada daba derecho a los espectadores a verlas tantas veces como quisieran, hasta el cierre, más o menos, sobre las once y media de la noche.

Coincidió aquella década con la que ha sido la mejor época del cine; la más brillante.

Hay, hasta dónde yo sé, todos aquellos entrañables cines han desaparecido hace tiempo. En cierto modo, nosotros, también.

Tenía yo, cerca de mi casa, un quiosco propiedad de un hombre muy amable. En tiempos, vivía, sobre todo, de la venta, alquiler y cambio de tebeos y novelas, del Oeste fundamentalmente. Años después, todo eso había desaparecido de su negocio. Ahora sus mayores ingresos los obtenía ¡de las revistas del corazón!

En fin, que hemos perdido para siempre juegos tan entrañables como el billar, el futbolín, el ping-pong, la rana, pídola, el clavo, las canicas…

Y las visitas, los grupos de teatro, las rondallas, los vecinos, los guateques, las novelas del Oeste, las gambas a la plancha de los domingos y los cines de sesión continua.

Y no tardarán mucho en seguirles en el olvido, entre muchas otras más cosas,  el dominó, el tute, el chinchón, el mus y la canasta.

La pregunta surge de inmediato: dentro de sesenta años, ¿qué les habrán quitado también a los jóvenes de hoy?

Hay otra, aún más terrible: ¿en el siglo XXII y siguientes  quedarán  jóvenes españoles en España?

Terrible, en verdad. Pero lo es mucho más la previsible y aterradora respuesta.

 

Luis XIII… y medio

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