El Feijóo, que tanto va diciendo
ser él la Oposición y de derechas,
su actitud, más allá de las sospechas…
¡No da una a derechas, ni queriendo!
Entre otras, una diferencia fundamental entre dictaduras y democracias, radica en que, mientras en las primeras, el Führer de turno no puede equivocarse y, por lo tanto, allí “tó er mundo é güeno”, pues jamás podría confiar en un corrupto y, como nadie sería capaz de engañarle… Un control absoluto de los Medios de Comunicación impide que lleguen a la población noticias que pudieran contradecir esta infalibilidad del líder y no se hable más. Literalmente: ni una palabra.
Las democracias, por el contrario, son muy desconfiadas. El Poder Ejecutivo, el más peligroso con mucho, puesto que es el que maneja los dineros, ha de estar siempre sometido a una doble y estrecha vigilancia; de un lado, el Judicial, que debe ser independiente y no dejarle pasar una. Por si fuera poco, la Oposición, compuesta por los Partidos a los que les dieron con la urna en las narices, procurarán desgastarle todo lo que puedan; sobre todo, para poder sustituirle en cuánto se descuide.
Hasta aquí, la teoría; como era de esperar, cuando de España se trata, la chapuza no tarda en aparecer por todas partes.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, cabía hablar de derechas y de izquierdas, que, más o menos pacíficamente, casi siempre, menos, se alternaban en el Poder.
Tras la victoria aliada ¡y sobre todo, de Stalin! una etapa de honradez y competencia se instaló en Occidente; por poco tiempo.
En fin, que, en la actualidad, hablar de derechas e izquierdas tendría el mismo sentido que hacerlo de marcianos y venusinos.
Ahora el engaño reside en la división entre “progresistas” y “conservadores”, tan falsa como la planetaria antes citada.
Pronto se comprobó que cuando un Partido, cualquier Partido, estaba en el Poder, automáticamente se convertía en conservador; por supuesto, si le tocaba irse a la Oposición, como por arte de magia, pasaba a ser progresista.
En realidad, hoy, la división, cuando existe, cosa que no sucede siempre, se da entre totalitarios y civilizados.
Qué son los totalitarios no creo que requiera la menor explicación; se entiende por civilizados, por el contrario, aquéllos que están por los derechos y libertades, el Imperio de la Ley, la igualdad de todos los ciudadanos ante ella y, por supuesto, la separación de Poderes.
Debería estar más que clara la diferencia entre ambos.
Pues bien, salvo excepciones, estos dos grupos se han ido confundiendo, más bien fundiendo, cada vez más.
Y, como cabía esperar, en nuestra España, la cosa, como de costumbre, se ha disparatado. Y es que, del disparate ¡qué pocas veces hemos conseguido salir! Y esas pocas veces, ¡qué pronto hemos terminado volviendo a él!
Hoy, el bloque totalitario está más que claro: el conjunto de Partidos que juntos o revueltos, se han hecho con el Poder. Más bien cabría decir, con todos los Poderes.
Lo que ya no está tan claro es que tengamos algo parecido a una Oposición.
Para explicarme, voy a intentar un somero retrato del Partido Popular, nominalmente, el principal de la Oposición.
O son los imbéciles más grandes que ha dado nuestra siempre prolífica cabaña, o unos sinvergüenzas, en cuanto a tamaño, en clara competencia con los que detentan el Gobierno. Y, muy probablemente, ambas cosas a la vez y en cantidades industriales.
Antes de la última, y como no me dé prisa en terminar esta columna, pasará a ser la penúltima, veamos una somera relación de sus traiciones más notables:
Votaron junto a sus compinches del PSOE la miserable Agenda 2030 que nos está arruinando. Y no pocas Leyes más que, desde la Unión Europea, intentan acabar con España. Votaron junto al PSOE, la indecente reforma constitucional que deroga la igualdad entre hombres y mujeres; caminan junto al PSOE en la destructiva regulación de, por el momento, ¡medio millón de inmigrantes ilegales! Entregaron a Sánchez el Tribunal Constitucional, a Pujol, la Educación en Cataluña que ha fabricado ya tres generaciones que odian a España …
Podría seguir y seguir.
Antes de la más gorda y definitiva, haré un breve alto en el camino para denunciar otro engaño: es cierto que el tal Núñez Feijóo, líder del PP y no tanto, de la Oposición, dice, en ocasiones, cosas hasta sensatas y razonables.
El problema está en que mucha gente, tras creerse a pies juntillas lo que dice, se traga bien doblado, lo que hace, que casi siempre, termina siendo justamente lo contrario.
El sujeto en cuestión, en realidad, ya venía retratado y bien retratado, desde su Galicia.
¡Estaba imponiendo allí la intolerable, la ilegal inmersión lingüística! Le he escuchado hablar de “España” como si fuera una cosa y Galicia, otra; vamos, dejaba bien clarito que, para él, eran dos naciones muy diferentes.
Con semejantes antecedentes, ¿acaso no había en el PP algún dirigente algo más presentable?
Una vez más: ¿son tan imbéciles… o tan perversos?
Voy, como prometí, con la última. Última y, mucho me temo, definitiva.
Es imposible que Feijóo sea tan absolutamente idiota que todavía no se haya enterado de que lo que Sánchez entiende por “negociación”, significa, exactamente, “rendición sin condiciones” .
Seguro que lo sabe. Entonces, ¿por qué lo ha hecho?
El único obstáculo que le quedaba a Sánchez para su total dominio del Estado consistía en los Jueces profesionales, quiero decir, no vendidos, que quedaban en ejercicio. Más, ahora, que están saliendo a luz, cada día uno, si no varios a la vez, los chanchullos en los que está metido hasta las cejas el Presidente… y su cómplice familia. Sin olvidar a unas cuántas docenas de sus colaboradores más cercanos.
Era preciso neutralizar el poco Poder Judicial que nos iba quedando.
¿Y qué ha hecho el Partido Popular? Pues lo de costumbre, bajarse los pantalones una vez más.
Ha pactado el reparto de los Jueces que componen el Consejo General del Poder Judicial, su máximo Órgano de Gobierno, del que dependen todos los nombramientos.
¿Pactado? ¡Se lo ha entregado enterito!
Y es que el cariz de la señora elegida para presidir tan alta Institución, además del Tribunal Supremo, no lo olvidemos, tira de espaldas.
Vamos, que no presagia nada bueno, sino lo de costumbre.
Es cierto que la cosa apesta; sin embargo, no faltan ingenuos que piden calma, que esperemos a ver cómo se comporta.
Puede que el ingenuo termine siendo yo; veremos a quién terminan dando la razón los hechos.
Pero la secuencia de acontecimientos es como para echarse a temblar:
1: Sánchez necesitaba controlar todo el Poder Judicial.
2: A tal efecto, “negocia” con Feijóo.
3. Ambos acuerdan nombrar, como la persona realmente al mando, a una Juez de bien proclamadas ideas izquierdistas. Que pertenece a una asociación, claramente de esa tendencia; y, aún peor, extrema.
Mal asunto; cuando a un Juez se le ve el plumero, quiero decir, proclama públicamente su posición política, por lo general está asegurando que la antepondrá a su obligación profesional. Los antecedentes son tantos y, las excepciones, ninguna…
4: Blanco y en botella.
¡Qué pena me da tanta gente, bienintencionada y decente que votará al PP porque “lo primero es echar a Sánchez”!
Nos hubiéramos quedado tiesos esperando a que Aznar o Rajoy, recuerden que ambos disfrutaron de sendas mayorías absolutas, derogasen una sola Ley promulgada por el PSOE… ¡después de haber jurado solemnemente que lo harían!
¿Puede quedar alguna duda de que el enemigo no es sólo el PSOE sino también el PP, su miserable, su cobarde cómplice?
¡Qué desesperados tenemos que estar para que tantas personas, sanas de mente e intención, se conformen con tan poco!
En realidad, no les falta razón: ¡es tan poquito a lo que podemos aspirar!
¿Dije poquito?
Está claro: hoy me he levantado exageradamente optimista.
Luis XIII… y medio
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