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¿Habrá, se dijo el sabio, algún planeta/con sentido común en su gobierno?/No como el nuestro, que hoy es un infierno./¡Cada vez más nos hacen la puñeta!
Es mucho lo que podemos aprender de las palabras; por lo general, no están en el diccionario porque sí; casi siempre encierran algo aprovechable, a veces un verdadero tesoro; en no pocos casos, algún enigma difícil de descifrar y hasta reproches e insinuaciones; parecen estar gritándonos: “¡Fíjate en mí un poco más, que algo sacarás en claro!”
Partamos, por ejemplo, del término “imponer”; claramente nos suena a algo tan desagradable como que, alguien más poderoso que nosotros, nos fuerce a hacer algo en contra de nuestra voluntad.
Supongo que de esa misma raíz provenga la palabra “impuesto”.
Está bien traído el parentesco, me parece a mí.
Hace muchos años, una señora, estadounidense ella, me explicó que allí siempre habrá una masa de ciudadanos que votará republicano aunque el que se presente sea Donald Trump; o demócrata a pesar de que la aspirante sea Kamala Harris; pero quienes de verdad deciden el nombre del futuro Presidente, son los escépticos como ella que deciden su voto en función, y sólo en función, del candidato del que esperen una menor carga de impuestos.
Vayamos al caso español, que lo tenemos mucho más cerca. Según cierto prestigioso economista, al que escuché hace días en una conferencia, estamos soportando la mayor carga fiscal, no ya de Europa, ¡sino del mundo!
Tiene su lógica. Sánchez persigue dos objetivos: el primero, arruinarnos; y no hay método más eficaz que freírnos a impuestos. La pobreza, sea directamente en nuestros bolsillos, y, en consecuencia, a través de la menor circulación de dinero, estará así garantizada.
Su segundo propósito es comprar seguidores; los millones que nos cueste, le traen al fresco. Medios de Comunicación, opinantes en venta, jubilados a los que engaña subiéndoles las pensiones, a la vez que se las baja en mayor proporción porque la nueva cifra, aunque mayor, les permitirá adquirir menos productos; timos a los jóvenes a los que con una mano les da cinco y con la otra les quita siete, subvenciones a los leales, aunque sea para gastárselas en vino.…
Cada vez hay más enchufados; tenemos un mayor número de funcionarios que la mismísima Alemania; las Autonomías, un irracional y fracasado engendro, que está acabando con España, nos cuestan un dineral, en su mayor parte puro derroche; asesores, prebendas varias, vagos del Partido colocados a miles… Vamos, que no dejan de tirarlo.
No hay que tener mucha imaginación para añorar un país en el que el gasto inútil fuera perseguido. Incluso como delito.
¿Dónde estaría España? ¿Dónde y cómo sus sufridos, sus hoy esquilmados ciudadanos?
Hace muchos años leí un cuento; era ciencia-ficción estadounidense de los años treinta. Creo que muy premiado.
Una nave terrestre viajaba hacia un lejano planeta en el que se habían detectado condiciones tan similares a las nuestras, que la probabilidad de que albergara vida era enorme; que esos habitantes hubieran llegado a un nivel tecnológico avanzado era otra cuestión.
Llegados a su destino, observaron, antes de aterrizar, que el planeta estaba habitado por seres físicamente idénticos a nosotros y en un nivel de conocimientos muy parecido al actual, el del Siglo XXI terrestre, quiero decir: tenían potentes ordenadores y robots que se ocupaban de los trabajos más difíciles y penosos.
Estaba dividido en dos grandes naciones: al norte una opresora dictadura; al Sur, una civilización culta y tolerante. Los tiranos les dejaban vivir porque, periódicamente, por medio incursiones armadas, capturaban miles de prisioneros que, deslomados como esclavos, durarían apenas unos meses; exactamente, hasta la siguiente cacería para reponerlos.
Los tres terrícolas fueron recibidos muy cortésmente por el Presidente del Gobierno sureño.
Que les preguntó si podían ayudarles merced a aplicar lo mejor que hiciéramos en la Tierra.
El Comandante de la nave le contestó que sería mucho más práctico tener en cuenta lo que “no” se estaba haciendo en nuestro planeta.
Les pareció bien la idea. A partir de ese momento, desparecieron la mayor parte de los impuestos, en claro paralelismo con los gastos, que disminuyeron igual de radicalmente.
Borraron también del mapa a toda la clase política. Los derroches pasaron a mejor vida. Tomó el mando del país una terna compuesta por un Catedrático jubilado de Economía, otro de Ciencias Sociales y un tercero cuya especialidad no recuerdo. Su mandato duraría sólo dos años y los relevos serían decididos por los mandamases salientes.
Todos los ciudadanos estaban obligados a prestar servicios en la Administración, según su formación y capacidad, me parece que seis horas semanales. Sin cobrar un céntimo. Con eso bastaba para que el país funcionara.
Estas eran las principales reformas; quizá de mi memoria se haya borrado alguna más, pero lo esencial fue que el gasto quedó reducido a un mínimo; y los impuestos, en justa correspondencia, también.
Para escapar de la tiranía a manos de los del Norte, los sabios, ahora con muchos más medios a su disposición, se pusieron frenéticamente a trabajar. No tardaron en dar con un gas paralizante, de efectos inmediatos, que duraban algo así como veinticuatro horas.
Merced a ellos, inmovilizaron al Tirano Mayor, a toda su Corte y, por supuesto, a sus Ejércitos.
Puestos a buen recaudo, la población recién liberada, estalló en gritos de alegría. Se unieron los dos países, ambos bajo la nueva y civilizada norma… ¡y todos a comer perdices!
Como quiera que el viaje de los tres astronautas había durado poco más de un año, pero cuando regresaran, para nuestro planeta habrían transcurrido siglos, entendieron que nada pintarían ya en una Tierra totalmente desconocida para ellos; enviaron cuanta información entendieron relevante… y se quedaron a vivir para siempre junto a sus nuevos amigos.
No parece que tuvieran mucha fe en que nuestro planeta llegara algún día a mejorar mucho en lo tocante a decencia política… y a sensatez ciudadana.
Para redondear el final, aún más feliz, los tres audaces viajeros, disfrutaron afortunados romances con otras tantas bellezas locales.
Hasta aquí, el cuento, tal como lo recuerdo; pura ciencia-ficción, desde luego que sí. Que no lo olvidemos, suelen ser precisamente esos escritores quienes consiguen mayor porcentaje de aciertos a la hora de predecir el futuro… y, si me apuran, también el presente.
Ya puestos a imaginar, ¿qué pasaría si algún audaz productor decidiera rodar una serie con exactamente ese argumento? Dado que le gente lee poco, pero series, parece ser que ve muchas, a lo mejor el mensaje lo entendían hasta los votantes de ya saben quién.
El colmo de la eficacia se produciría si la difusión de esta serie fuera acompañada de algún personaje con influencia social que, paralelamente, creara un nuevo Partido que podría llamarse “Contra los impuestos que están sobrando” o algo así. Tan acostumbrados a los acrónimos como nos tienen, el “CLIQUES” no sería un mal nombre para el recién nacido
A lo mejor calaba, porque eso de que a la gente le hablen de mejorar su bolsa…
Ahora estoy seguro de que entienden ustedes el título de esta columna.
No es difícil deducir por qué esa bendita serie no se rodará jamás.
O sea, nunca.
Luis XIII… y medio
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