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El cinismo del indocumentado comunista consiste en predicar lo contrario de lo que practica creyéndose representante de la voluntad popular que interpreta a su antojo bajo el disfraz de siempre, todo para el pueblo, sin el pueblo, la oligarquía que reina y esclaviza nuestras instituciones. La única diferencia entre el nazismo y el comunismo como expresiones del totalitarismo, es que el primero se sostiene sobre la raza o el color de la piel, y el segundo sobre el mito del bienestar social, el interés general, o el bien común, una quimera para el final de los tiempos. El problema es cuando se trata de traducir en qué consiste, a qué acciones específicas se refiere. Como siempre hay beneficiarios y perjudicados, el sátrapa es capaz de sortear a unos y a otros a conveniencia, tratando de hacer creer al pueblo que existe un código compartido de valores, que viene a imponer como si fuera justo. El dictador descubre desde el principio que si quiere realizar el deseo del pueblo, tendrá que decirles lo que éste debe desear. Y como no es posible contentar a todos, ni existe un compendio de bienes general, y en el mejor de los casos no se dá la misma urgencia, impone su agenda y amenaza la libertad de todos. Se abre, entonces, el espacio para una suerte de mente omnisciente que decide por todos.
No es un mero accidente que la continua expansión de los poderes del Estado venga a ocasionar la desaparición de toda libertad personal acabando con la justicia que predican los abogados de su intervención. Estos abogados son los peores enemigos de la democracia, el sistema que prefiere contar cabezas a cortar cabezas. El resultado de cualquier movimiento colectivista es la destrucción de la libertad individual y la libertad económica. El socialismo y el colectivismo en todas sus formas no puede reconciliarse con instituciones libres y democráticas en tanto a través de la propaganda obliga al pueblo a conducirse como el poder desea. Toda duda que se arroje sobre la rectitud de los fines buscados o de los medios escogidos, debe tratarse como sabotaje.
Esa es la lógica bastarda, putinesca, de Pedro Sánchez con su plan de regeneración democrática, acabar con la democracia para imponer su agenda. Cualquier plan económico o político lleva a la dictadura porque ignora el mercado, la interacción social y el intercambio entre personas libres; una dictadura es el instrumento más efectivo de coerción y compulsión de ideales, y, como tal, es esencial para hacer posible la ejecución de un plan a gran escala. La estrategia sanchista es eliminar la competencia, sea en el mercado de la vivienda, administrar el precio del trabajo con la inmigración, o el mercado de las creencias políticas. Al interior de los instrumentos de la dictadura prevalece la corrupción, la compra de voluntades, el tráfico de influencias, y el crimen, de lo que se benefician agentes puestos a su servicio que cuentan con una patente de corso frente a los tribunales de justicia, sean sediciosos, estafadares o criminales. Que tiren Koldos y Aldamas de la manta.
La gran mayoría no ha aprendido a pensar con independencia y solo mira sus intereses mas tempranos y primarios. El político corrupto de turno se aprovecha de la lucha entre intereses opuestos, y de la decadencia moral de quien solo busca su propio interés lo que termina en la corrupción del partido o en la corrrupción individual. Quien no cree en la colaboración inconsciente de los individuos en un sistema distribuido de asignación de recursos, en un mercado que nadie está en condiciones de controlar, busca la solución de cualquier problema social al arbitrio de una mente individual, que confiere al dictador todo el poder e inevitablemente conduce a su propia corrupción, y a la desaparición de las instituciones sociales que puedan pedirle cuenta de su actuación.
Después de ensalzar la sociedad en su conjunto e insistir en que es algo más que una mera colección de individuos, los socialistas vienen a concluir que no debe dejarse a fuerzas sociales impersonales, sino que debe estar sujeta al control de una mente directriz, omnisciente. En lugar de analizar que se puede resolver por el concurso y la interacción libre de sus ciudadanos en el mercado, y qué no, el intercambio social se ignora desaprovechando el conocimiento de todos bajo un juicio a priori de los defectos de un sistema basado en la libertad. La política de vivienda de Sánchez es tolerar y proteger la ocupación, la política de rentas salariales sostener la inmigración no cualificada, y congelar las rentas aumentando la presión fiscal. El precio que tenemos que pagar por un sistema democrático debiera ser la restricción de la acción del Estado a los campos en donde pueda existir acuerdo entre ciudadanos libres. En un sistema que elije a tu pareja, que se mete en tu cama, que asigna identidades sociales, no hay mayor proporción de parejas felices, y si sujetos que se excluyen a sí mismos o se suicidan.
Es el tipo de sujetos que carece de imaginación y narrativa personal, que nunca sabe lo que les pasa, si no se parece a lo que supone le pasa a otro. Un expolio intelectual al servicio del Führerprinzip. Cada dictador, decía Peter Weiss, elige a su pueblo. Son estos socialistas que se miran en su propio espejo para ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Estos aprendices de nazis siempre se inspiran en los neomarxistas de la Escuela de Frankfurt, como si el neomarxismo les viniera a redimir a los alemanes de su pasado nazi. La similitud de rasgos característicos de los regímenes «fascista» y «comunista» es cada vez más obvia. La culpa a expiar nace de un pasado imaginario, ignominioso, sobre el que despotrican los nazis sediciosos del tipo Urtasun, el mismo que amenaza el español, el esbirro de Romeva y nieto de un falangista condecorado por Franco.
El cinismo de Sánchez solo es posible desde la soberbia y desde un narcisismo pertinaz, el tipo de sociopatía que se expresa en esa práctica política autoreferencial, donde la contradicción es el método, y la relación entre responsabilidad y discurso político, se disuelve. Cuando las palabras se desvían de su sentido, refiere Sandra Santana en el «Laberinto de la palabra» (Acantilado), la impostura se pavonea en la escena pública. Sanchez cumple el sueño orwelliano que anunciara Karl Kraus de una sociedad totalitaria dominada por el doble pensamiento y la neolengua. La política de la desconstrucción del lenguaje, atacando el español y el hispanismo, que impera en el indigenismo fascista de Sheinbaum, Maduro, Petro y Morales con la restauración de las lenguas que justificaban la antropofagia, nutridos por el comercio de la cocaína, el oro de Zapatero, el cortesano de Lula Da Silva. Los Estados fracasados del socialismo comunista. La misma querencia de Sanchez hacia las culturas totalitarias de Hamás, Hezbollah, la dictadura del sátrapa marroquí, y la teocracia iraní. Sanchez, financia a través de Pegase el adoctrinamiento del terrorismo con los manuales escolares de la UNRWA cuyos trabajadores participaron en los atentados del 7 de octubre contra Israel.
Sanchez podría mandar de turista anónima a Begoña Gómez para testar su indemnidad sexual, si la cultura política del fascismo yihadista es tan atractiva como predica la izquierda orwelliana de Yolanda Diaz. Y lo hace sin dejar de predicar la paz y comerciar con el gas ruso.
Sanchez viste su plan de regeneración democrática con el propósito de acabar con la máquina del fango, cuando el barro le acecha y amenaza su inmersión en arenas movedizas. Administrar la verdad, la transparencia, y frenar los bulos con esa doble pinza de financiar a los afines y extinguir a la oposición bajo un paquete de 100 millones de euros, vestidos como ayudas a la digitalización, extinguiendo los medios digitales y sometiendo las redes sociales. Prisa reclama su porcentaje, corriendo como portavoz a ampararse en el poder sanchista al que asiste en el pacto del islamismo yihadista, la izquierda irredenta y la aventura equinocial de Catar y el pistolerismo financiero de Oughourlian. Habría que hacer inventario de sus articulistas que bien pueden servir como verdugos en campos de concentración. La verdad la define el puto amo, con el silencio cómplice de los aduladores dedicados a la hagiografía del mesías, que como Atila deja yermos cuantos suelos pisa. ¿A que podrían aspirar los mediocres Tudanca y Lobato para empoderarse sobreviviendo a Sánchez?. La llegada de Sanchez al poder corona el fracaso de la socialdemocracia. Sánchez convoca cada día a algún fanático a que se lance contra él, desconociendo cuantos le aplaudirían como héroe.
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