De demócrata a tirano

De demócrata a tirano

Son tantos los acontecimientos que se van intercalando que resulta complejo dilucidar cuál es el más trascendente. Si acaso, resulta extraño que, por medio de un organismo del Estado, la Abogacía del Estado, se  interpongan querellas, archivadas,  contra el juez instructor de unas causas o contra un personaje objeto de querellas, para hundir  a su pareja, una presidente de Comunidad Autónoma. Tanto es así, que las resoluciones judiciales se anuncian anticipadamente por una miembro del gobierno con todo desparpajo y desgreñadamente. Al no tratarse del primer caso, ya comienza a ser un clásico el hecho que el gobierno, con sus ministros, sepa con presteza y en primera exclusiva lo que se va a resolver por los jueces instructores.

Sin embargo, ello no es lo más llamativo. Resulta que, un presidente de gobierno que accedió a su alto cargo haciendo de la lucha contra la corrupción su estandarte, que levantó pendones contra el uso gubernamental de los medios televisivos, que se acogió a una frase para impulsar la moción de censura, en estos momentos, tanto si está en Portugal, como en Bélgica, como en la India, tiene a su Fiscal General, imputado, a un exministro, imputado, a un ex secretario general socialista, imputado, a un amigo coral por propia su manifestación pública, imputado y a su esposa, también imputada. A todo ello hay que unir el descrédito de su ministro de Interior, del ex director general de la Guardia Civil, del ministro de Justicia, del ministro de Trasportes, del Tribunal Constitucional, de la Abogacía del Estado, del CIS y, si me apuran, hasta del CNI y de la CMNC. Pues bien y sorprendentemente, a pesar de todo ello y de no poder acercarse al ciudadano sin que le silben, sonríe cínicamente y sin freno alguno, despreocupado de la fea realidad  que le acompaña. Sin embargo,  continúa con un sinfín de compañías inaceptables, sin olvidar los más de ochocientos asesores que pululan a su alrededor, aclamado por bello en la prensa norteamericana, aunque no por sus virtudes políticas, totalmente inexistentes. Prueba de ello es que Biden no se ha despedido de él ni de España. Tampoco es que vayamos a echarle de menos, sinceramente.

El titular de estas líneas tiene su razón de ser. Se entiende que el político demócrata ajusta su actuación de gobierno a la ley, en cambio, el tirano ajusta la ley a su actuación. Y eso exactamente viene haciendo Sánchez desde que accedió al poder. Cuando la ley no  concuerda con sus necesidades, echa mano del saco de las mercedes y pacta el voto favorable con terceros, independientemente del coste que ello suponga. Las prebendas son la moneda de cambio para sus socios, aunque el coste caiga sobre el conjunto de los españoles. Si hay que indultar, se modifica el C. Penal, si hay que amnistiar se retuerce la Constitución, si hay que rescatar se exprime el presupuesto. Todo vale para el fin, porque, el objetivo de Sánchez y de todo su numeroso ejecutivo no es gobernar, sino detentar el poder, a todo costa. El Decreto Ley es su arma no secreta para salir de los apuros que le provoca la ley vigente; la muta, mercadeados los decretos con sus socios, haciéndola asequible a sus intereses. Intereses no del ciudadano, sino suyos, personales. Él no gobierna, él detenta el imperio, la potestad, sin control alguno y sin ningún contrapoder  que le atosigue. El último ejemplo, RTVE, uno de los postreros bastiones que no controlaba Sánchez y que, a decretazo, va a conquistar. No tiene escrúpulo alguno a la hora de efectuar y acordar los ajustes necesarios a esos intereses, por la sencilla razón de que no cree en la democracia, no cree en la separación de poderes, no cree en la independencia de jueces u organismos sociales o económicos. Él coloca a un gregario como Fiscal General o a un exministro de Gobernador del Banco de España, ya que su pensamiento no le encamina hacia las próximas generaciones, sino hacia sus propios beneficios.  Justo como le corresponde a un político tabernario, amante del poder como heredad, para uso y disfrute personal. Distinto sería estimarle estadista si le preocupase que dirá la historia de su ostentación del poder y cómo se sentirán sus descendientes ante el desprestigio personal y político de un  tabernario, que se autoensalza, al tiempo que se contonea levitando sobre las alfombras y moquetas de los salones gubernamentales, al ritmo de los aplausos de sus siervos y acólitos.

Aunque, nada nuevo bajo el sol. Largo Caballero, socialista, ya anunciaba que de no ganar las elecciones acudirían a la guerra,  como Hitler, también socialista, que uso de la democracia para destruirla, como Daniel Ortega, socialista, quien  elegido se ha apropiado de todo el Estado, como Maduro, socialistas, manipulador de elecciones para anclarse en el palacio de Miraflores. De ellos solamente perviven los que están llenando sus cárceles de opositores.

Resulta curioso, años atrás no conocíamos los nombres de ningún juez o magistrado, en la actualidad copan titulares en periódicos y digitales. Es la democracia socialista, la tabernaria del decreto, la que ha convertido el Congreso de los Diputados en un coliseo del insulto, en cuyo imperial púlpito alardea un autócrata que no ama la democracia. La explicación, en el titular.

Francisco Gilet. Colaborador de Enraizados.

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